Año 13, número 148.

Existen varios factores históricos por los que preferimos, como mexicanos, escribir el nombre de nuestro país así, algunos extranjeros lo respetan, otros no lo aceptan tan fácil

Ramón Moreno

Cuando un mexicano viaja por España le sorprende que, casi indefectiblemente, encuentra escrito el nombre de nuestro país con “j” y no con “x”. Incluso, en una ocasión vi que un español corrigió a un mexicano por haberse atrevido a escribir México a nuestra usanza; tachó la equis y al lado puso una jota. Más aún, diría que a muchos españoles entre que les desconcierta y hasta les molesta que procedamos así, como si violentáramos con ello el manual de ortografía de la RAE.

He tratado de explicarme por qué les incomoda eso y aunque no tengo una respuesta del todo que me satisfaga, sí identifico en mí un sentimiento que de seguro es equivalente al que siento cuando veo la paja en el ojo ajeno. Se me hace fatigoso escuchar a un español (o argentino, que ellos también lo suelen hacer) pronunciar Texas como Tecsas y no Tejas. Y lo mismo sucede en los noticieros. Como lo habrá observado el amable lector, cuando el presentador encargado de la sección de finanzas lee una nota en la que informa de la subida del costo del petróleo, suele decir que el barril West-Tecsas está a la alza y no pronuncia (como debería ser, según mi parecer) que el barril de petróleo West-Tejas está a la alza. He de agregar de pasada que también los presentadores de noticias mexicanos, a quienes los disculpo menos, tienen la costumbre de pronunciar West-Tecsas y no West-Tejas.

Pues bien, volviendo a nuestro propósito, los españoles que insisten en que deberíamos escribir Méjico y no México, tienen en parte razón. No obstante, estas líneas que a continuación escribiré explican por qué debe respetarse este aferrado uso arcaizante nuestro de preferir la equis y no la jota.

El afamado filólogo venezolano Ángel Rosenblat decía que cuando un hispanohablante no mexicano viaja por nuestro país, queda terriblemente sorprendido por el enredo en que nos hemos metido con la grafía “x”, puesto que prácticamente escribimos esta letra pero pronunciamos lo que sea, y casi siempre un fonema diferente. Y no le faltaba razón. Obsérvese que escribimos “x” pero pronunciamos “s” en la palabra Xochimilco; en la palabra Xola, pronunciamos “ch”; en México, ya dijimos, “j”; en máxtlatl “sh” y en Necaxa “cs”.

El mismo Rosenblat dice que eso le sucedió al español hablado en México por su contacto con el náhuatl, que tenía determinados fonemas que el español no, y en cuanto la lengua del Cid le prestó el alfabeto a nuestra lengua amerindia, se hizo ahí un batiburrillo que produjo el efecto que acabamos de explicar. Sin duda, algo de cierto hay también en que los evangelizadores franciscanos que llegaron a nuestro país a partir de 1524 contribuyeron con este enredo, pero tengo para mí que tal planta ya había germinado mucho antes y que esa confusión fue traída de España y, junto con el alfabeto, se la “prestó” el español medieval al náhuatl. Trataré de explicar esto.

Primero diremos que en los orígenes de nuestra lengua (el español), en la Baja Edad Media surgieron fonemas que en latín no existían; el caso más comentado es el de “ñ”. Otro hecho es que en aquellos tiempos se usaban las letras propias del latín, pero los fonemas no siempre se correspondían con lo escrito. Un ejemplo sería la “r”, que en español es un fonema diferente al del latín que le corresponde; en la lengua de Lacio, Roma se pronunciaba con una “r” vibrante simple cuyo sonido casi parece una “d”, mientras que en español esa palabra la pronunciamos con una “r” vibrante múltiple. Parece que un ferrocarril marcha a toda velocidad a nuestro lado cuando un italiano nos escucha pronunciarla. Tercer hecho: a lo largo de los siglos han aparecido en nuestra lengua algunos fonemas que después desaparecieron, incluso algunos han vuelto a surgir; digamos en broma que revivieron y salieron de su tumba lingüística.

En este último hecho, a mi parecer, se dio el origen del enredo que hoy se nos endilga a los mexicanos. Veamos el siguiente ejemplo que me permitirá explicarme. La palabra “muxer” en ciertos momentos de la Edad Media se pronunciaba con un fonema que luego desapareció y que más o menos corresponde a la “sh” del inglés. Con los siglos se disolvió y en su lugar se pronunció una jota; así pues, se escribía muxer, se pronunciaba musher y en nuestros días pronunciamos “mujer”. Pues bien, en España el fonema “sh” ha revivido. En la actualidad se ha popularizado el nombre Xavier (en oposición a Javier) y los españoles lo pronuncian como Shavi y no Javier o Javi, como siempre lo hemos hecho nosotros (y ellos también), desde el siglo XVI.

Por otro lado, existen en España plazas, calles, avenidas o instituciones que se llaman Ximénez de Cisneros, el más conocido de todos quizá sea el Colegio Mayor Ximénez de Cisneros de la Universidad Complutense de Madrid. He estado ahí y la gente pronuncia Jiménez de Cisneros y no Shiménez de Cisneros o Csiménez de Cisneros. Finalmente traeré a colación el caso más extremo que es el nombre Txema, que no es sino el conocidísimo hipocorístico de José María, es decir, Chema.

Por todo esto, me pregunto si en España hay quien escribe Xavi pero pronuncia Shavi o Ximénez y pronuncia Jiménez o Txema y pronuncia Chema, ¿no es exactamente el mismo caso que en nuestro país con las palabras del náhuatl ya referidas? Sin duda lo es. Imposible pensar en la otra alternativa: que los españoles tomaron nuestros usos y costumbres de escribir y pronunciar muchas palabras del náhuatl.

Volvamos al caso de “muxer”, que es el mismo de “México”. Como ya se dijo, en algún momento (cuando el español tomó contacto con el náhuatl por primera vez) existía en la lengua ibérica el sonido “sh” que se escribía “x”. Son muchas las palabras en esa circunstancia, menciono de pasada tres más: dixo, oxo, Quixote. El nahuatlismo “Meshiko” (era una palabra grave, no esdrújula como hoy la pronunciamos) tenía un fonema equivalente a la sh de oxo o muxer, y por lo tanto, lo lógico es que los evangelizadores que dotaron al náhuatl de escritura la escribieran con “x” al igual que “dixo” y tantas otras.

Con el paso de los siglos la pronunciación cambió pero los libros, por ejemplo en el siglo XVIII, se seguían imprimiendo con equis aunque ya se pronunciase jota. Y no era el único caso el de la equis, sucedía con otras muchas grafías y fonemas. Por ejemplo, se escribía cathólico pero se pronunciaba católico y no cazólico, al uso griego de la interdental. También se escribía Xpisto y se pronunciaba Cristo.

Como bien puede concluir el lector, le pasó a la escritura del español en el siglo XVII y XVIII lo que le pasa al inglés de nuestros días, que se escribía una cosa y se pronunciaba otra. Y ha de saber el lector que esta preocupación por la diferencia que había entre lo que se escribía y lo que se pronunciaba, y en particular el enredo entre jota y equis, ya desde entonces era motivo de consideraciones, análisis y explicaciones.

Mateo Alemán, el famoso escritor de origen judío que vivió en México, escribió un libro de ortografía que fue publicado en 1609. En él dice que: “careciendo los antiguos de esta letra x hasta los tiempos de Augusto César, y los varios modos como en su lugar escribían con su pronunciación, unas veces diciendo ápecs por ápex y otras gregs por grex, decían csi y gsi por xi… La x y la j tienen cierta similitud o parentesco, como la ss y la ç por donde algunos la truecan, diciendo dixe por dije, no advirtiendo que la x es más suave y se pronuncia casi como el silbo: la lengua poco menos que junta con el paladar, y para la j se tiene que retirar y formarse por entre los dientes, con sólo el aliento. Nosotros pronunciamos la x como los árabes, de cuya vecindad nos la dejaron en casa”.

Múltiples son las cosas que se pueden inferir de esta cita, entre otras, que existían varios fonemas que se han perdido y que ahora se pronuncian (acá en América), como uno solo; me refiero a los sonidos de s, ss, c (ante e, i) y el de ç. Esos cuatro fonemas se han concentrado en uno solo. Pero vayamos a lo nuestro. En algún momento, e ignoro la fecha y las circunstancias concretas pero debió ser en el siglo XIX, se buscó unificar la escritura y la pronunciación del español y dejó de escribirse cathólico, porque en verdad se pronunciaba católico, Raphael porque se pronunciaba Rafael y muxer porque se pronunciaba mujer. En México (y por ello concluyo que eso sucedió en el siglo XIX) nos negamos a cambiar la grafía con que siempre se había escrito el nombre de nuestro país, y como no hubo autoridad española que nos pudiera imponer tal cambio, pues los gobiernos independientes surgidos a partir de 1821 siguieron escribiendo la palabra como siempre se había escrito desde que tuvo las grafías latinas que la identifican.

En síntesis, desde antes de que existiera la lengua española, la grafía “x” ha sido un problema, pero lo que en latín era una dicotomía entre cs y gs, a partir del nacimiento del español (digamos que hacia el siglo X de Nuestra Era) varios sonidos (ch, sh, j, s, cs) se han asociado a esta letra; cuando el español llegó a nuestro territorio mexicano y dotó al náhuatl de un alfabeto, le transmitió esa costumbre de escribir una letra y con ella representar, por lo menos, cuatro fonemas.  

Para concluir, ¿es una necedad nuestra no actualizar o modernizar esa grafía? Sin duda sí, pero hay razones subjetivas que nos hacen inclinarnos por la vieja usanza. De hecho, no es el único caso el nuestro; en Argentina, la declaración de independencia de ese país se escribió con una ortografía entre arcaizante y fonética; ellos lo hicieron, según explicaron en su momento, para ir marcando la distancia con España, que a partir de ese momento surgía. Quizá algo haya de eso en nuestra elección, pero es más; tiene que ver con los orígenes, con lo fundacional, con lo telúrico, con la nostalgia de lo ya perdido. Debo reconocer que hay en este gusto nuestro, también, y parafraseando al poeta, una íntima tristeza reaccionaria. Sí, es conservadora nuestra actitud. Como conservadora es la de quien llama a un instituto Ximénez de Cisneros a sabiendas de que se pronuncia Jiménez de Cisneros.

Así como nosotros jamás le diremos a los de la Universidad Complutense de Madrid que no hagan eso, nadie puede tachar nuestra equis, que la llevamos en la frente, diría Alfonso Reyes, para poner al lado una jota. Y ese gusto nuestro ha sido bien aceptado y bien entendido por la mayoría, y hasta compartido con respeto. El mismo Alfonso Reyes cuenta que en Buenos Aires pidió que las nomenclaturas de la calle México de esa ciudad se cambiaran porque habían sido labradas con jota. Después de dar una amable, inteligente y erudita explicación de por qué los mexicanos preferimos la equis a la jota en el nombre de nuestro país, las autoridades de aquella ciudad aceptaron con respeto ese gusto, y mandaron cambiar las placas.

ramon.moreno@cusur.udg.mx