Año 17, Número 245.

El texto del que se habla es una reflexión sobre el conocimiento como causa de sufrimiento

Imagen: Historia y biografía de

Azucena Heredia 

Sor Juana Inés de la Cruz es una de las mayores exponentes de la literatura mexicana, lo prolífico de su obra, su figura y legado permanecen en la memoria colectiva de propios y extraños. Cuatro siglos han pasado desde su muerte y aún se escriben inagotables estudios tratando de desmenuzar su literatura que, a pesar de todo, ha logrado mantener cierta vigencia gracias a la genialidad con la que fue escrita. Mientras que la vida de Sor Juana y su sed de conocimiento aparecen documentadas en un gran número de publicaciones, en la literatura apenas se plantea el valor del saber y del conocimiento en sus escritos, es por ello que resulta interesante que dentro de su poesía filosófica y moral, encontramos el poema titulado “Finjamos que soy feliz”, que tiene un carácter desdichado y una honda aproximación a saber que sabemos. 

El texto del que se habla  es una reflexión sobre el conocimiento como causa de sufrimiento, reconoce el estado de pena constante que conlleva la curiosidad intelectual. No es un misterio que la Décima musa gozara de la indagación de los misterios emocionales e intelectuales más hondos del ser humano, y, sin embargo, tampoco podemos negar la posibilidad de que ella misma los haya experimentado a la hora de escribir dicho poema. 

Este poema es un romance, está compuesto por 144 versos octosílabos escritos en una sola secuencia sin tener estrofas definidas y una rima asonante regular en los versos pares. 

Este romance se puede dividir en cinco partes, en el primero se habla del intelecto como causa de aflicción y el ferviente deseo por que sea éste un alivio ocasional, después profundiza en los diferentes puntos de verlo y el juicio que se ejerce ante un pensamiento u otro, para volver a la relación entre el conocimiento y la desdicha, luego reconoce a la ignorancia como herramienta para ser feliz y finalmente expresa la añoranza de no saber.

“Finjamos que soy feliz” comienza con una declaración de la pretensión de la felicidad y la congoja pasajera; no obstante, rechaza esta idea inmediatamente, asegura que se puede fingir la alegría pero el sujeto no puede engañarse a sí mismo, es consciente de su propia miseria; durante estos versos, Sor Juana reconoce el intelecto como causa de aflicción. El conocimiento es poder, más esta potestad se adquiere también con la responsabilidad del sufrimiento que conlleva la pérdida de la inocencia, la venda que cubre los ojos del que ignora y no cuestiona. Quisiera la monja que el saber no despertara en ella aflicciones, pero ¿acaso este ruego es infructuoso? 

Después de plantear esa situación, la autora acepta que no existe unanimidad a la hora de sentir, en versos siguientes afirma que “Todo el mundo tiene opiniones/ de pareceres tan varios”. Afirma que el regocijo de uno es calamidad para otro debido a las perspectivas tan distintas de cada persona. Llama la atención que use como ejemplo dos filósofos griegos para probar el punto. Podemos afirmar que se trata de Aristóteles y Platón, cuyas ideas eran tan opuestas y aún así han gozado de aceptación a través de los siglos, a pesar de que, como dice la autora, es imposible discernir objetivamente quién tenía razón, posteriormente resalta la dureza de la crítica. No puede sino Dios asegurar lo errado de lo correcto y pretender tener la razón absoluta es un acto de arrogancia pretenciosa y sacrílega.

Sor Juana vuelve al tópico principal, la relación entre el conocimiento y la desdicha, la poeta se cuestiona por qué no puede elegir entre lo dulce y lo amargo (la felicidad y la tristeza). ¿Es acaso un arma de doble filo la que sostiene en sus manos al cultivarse? En efecto, se pregunta si necesariamente la inteligencia es la que la mantiene en un constante estado de aflicción o es quizá ella misma quien, al hacer uso de ella, se mantiene desolada. En los versos siguientes podemos darnos cuenta que existe una metáfora entre el acero y el discurso. Es este el material que, sin culpabilidad alguna, es usado para ser enterrado en la carne del enemigo. En este sentido es posible afirmar que se conoce la inocencia de las palabras como material primigenio, cuando no se han usado aún; sin embargo, es a la hora de empuñarlas que el sujeto decide si usarlas como arma o defensa,  pueden producir en sus víctimas tanto placer como desdicha.

Después de ahondar en el sentimiento de tristeza y amargura, la autora opta por enfocarse en los beneficios de la ignorancia. Lo dice sin miramientos ni rodeos: el que no conoce intelecto es feliz incluso cuando no sea del todo ignorante. Son las pequeñas cosas que desconoce el sujeto las que lo inducen a tener un poco de alegría, es por eso que la poeta se refiere a la oscuridad del ignorante como algo sagrado, un acceso directo a la dicha. ¿Qué sería entonces de alguien que no desconoce en absoluto? Dice que el conocimiento es un vicio que la aflige, ¿por qué entonces desearía buscarlo tan fervientemente? Es esta adicción tanto su alivio como su perdición. Para las últimas estrofas, nos muestra esta añoranza del no saber. Esta contradicción de desear la oscuridad intelectual que mantiene a la autora en una profunda desdicha y, al mismo tiempo, le satisface de sobremanera, es una paradoja que se ve plasmada en la poesía de la Décima musa.

 Si bien, gracias a la genialidad que expresaba en sus letras, su figura ha sido transmitida como si de un ser iluminado y casi deshumanizado se tratase, no podemos negar que las preocupaciones y las desdichas que la afligían no son tan distintas a las del resto de los hombres y mujeres que no poseen dichos dotes. “Finjamos que soy feliz” es una obra que reflexiona sobre la erudición y la ignorancia que generan desdichas y alegrías, de manera simultánea y errática, nunca estática. Expone la angustia de Sor Juana ante su gran astucia que tantos confrontamientos trajo a su vida. No hay que olvidar que este poema muestra también una extraña exaltación de la ignorancia, pues en ningún momento lo condena, no tratar de aprehender el conocimiento no es una desgracia, sino una salvación de la búsqueda del todo. No saber nos salva de la condena de vivir con temores y consternación.

azucena.heredia3380@alumnos.udg.mx