Año 16, Número 223.

Esta reseña forma parte de las actividades de retribución social de los alumnos de la maestría en Estudios en Literatura Mexicana del Departamento de Letras del Centro Universitario de Ciencias sociales y Humanidades (CUCSH).

Adrián Almonte

Las mutaciones es, a grandes rasgos, una novela sobre la enfermedad y sus maneras de asimilarla. En ella, Ramón Martínez, uno de sus protagonistas, se enfrenta con la noticia de que es portador de cáncer. Así, el conflicto del padecimiento va entretejiéndose con las relaciones familiares y domésticas a su alrededor. Uno de los principales rasgos de la obra es el humor en sus versiones de lo ridículo y lo incómodo. La primera ironía que se advierte, por ejemplo, es que el órgano canceroso es su lengua, el instrumento primordial de la persuasión a la que se debe Ramón como abogado. Este evento detona, no sólo en él, sino en quienes lo rodean, como su familia, la sirvienta, los médicos y su terapeuta; una serie de reflexiones y digresiones que revelan, en gran medida, los hábitos obsesivos y compulsivos del pensamiento ante la crisis de la enfermedad.

Lo que claramente es una puesta en crisis del habla y, por extensión, del lenguaje va resolviéndose en cada uno de estos personajes. Ellos, a su vez, van respondiendo a caracteres estereotipados del núcleo familiar y doméstico del siglo XXI: la esposa y la sirvienta que confían fervorosamente en el pensamiento mágico-religioso, dos hijos que padecen los trastornos de la adolescencia, un hermano corrupto y sumamente tacaño, un médico obsesionado con las anomalías de los tumores cancerosos y, Teresa, la otra protagonista, quien se vuelve la terapeuta de Ramón y que ha pasado también por un proceso de lucha y asimilación del cáncer, en su caso el cáncer de mama. Especie de núcleo familiar y social que, a manera de estas mutaciones, también se separa y, eventualmente, se contempla a sí mismo.

Esta digresión o salirse de uno mismo para contemplar la crisis es un elemento clave a lo largo de la novela. En primera instancia, puede notarse cómo la voz narrativa penetra en las interioridades de los personajes y a partir de ellos busca una manera de entender el mundo desde su posición. Tal es el caso de Teresa, que cuando se da cuenta por primera vez del bulto en su seno, se retrotrae en el tiempo a pensar en la “mutación fundacional”: “Aquella errata bíblica justamente sucedió en un pasaje dedicado a impedir que las células erróneas proliferen y funden comunas anarquistas en el seno de un cuerpo imperial”. Este aparente hábito disociativo del pensamiento también representa una estrategia narrativa en busca de ese humor ridículo, en tanto acude a comparaciones inauditas o referentes tan aislados de la realidad que se vuelven risibles (otro ejemplo, las comparaciones desde la perspectiva de Ramón cuando es examinado ya sea sintiéndose como un babuino o en plena tortura, al grado de poder confesar cualquier mentira como la de haber asesinado a Luis Donaldo Colosio).

Teresa, por ejemplo, cumple una función especular frente a Ramón y es, acaso, el personaje más complejo y relevante de la novela. Sus reflexiones en torno a la enfermedad del cáncer desde el terreno del psicoanálisis son las que mejor profundizan esta búsqueda de una explicación o, como ella lo define, de: “asimilar […] el sótano de los deseos insatisfechos que alimentan el temor de perecer”. A lo largo de la novela se nota el amplio dominio y uso del lenguaje especializado de la jurisprudencia, la medicina, la psicología e, incluso, la historia y la religión. Este derroche de conocimiento que si bien en momentos linda con la ostentación se articula, como se ha mencionado antes, con el hábito obsesivo de los personajes al cuestionarse y pretender explicarse la realidad desde su perspectiva, en este caso, desde la profesión que ejercen. Si Ramón entiende el mundo desde el pragmatismo absoluto de la palabra jurídica, Teresa lo entiende desde los símbolos del análisis. En ese sentido, realza sus posturas éticas y morales ante la enfermedad, incluso llevando a Teresa a darse cuenta de que metaforizar y buscar símbolos frente a la enfermedad pudiera no resolver del todo el conflicto: “[…] el cáncer. Ese agujero negro. Y fue muy duro darme cuenta, luego de esforzarme tanto, de que hablar no había servido para nada”. Una de las respuestas que encuentran ambos está en el silencio, ya sea por pérdida o por voluntad.

Las persecuciones de sentido de cada personaje van siempre determinadas por estos componentes de hábitos obsesivos y compulsivos. Teresa, por ejemplo, cruza los límites de la terapia psicológica al experimentar un sentido maternal con un joven paciente obsesionado con la limpieza; Carmela, su esposa, y Elodia, la sirvienta, se refugian en la fe mágica y religiosa; Paulina, su hija, tiene un desorden alimenticio; incluso Aldama, el médico que lo atiende, tiene lapsos disociativos donde explora por ejemplo las probabilidades estrictamente biológicas de los relatos bíblicos. Sin embargo, la relación más intrigante es la que se gesta entre Ramón y el loro que le regala Elodia el día de su cumpleaños; una otredad que lo intriga y lo fascina: “un loro no podía ser portavoz de un mundo”, dice Ramón, quizás siendo la mayor ironía que estructura gran parte de la novela. Es entre la paradójica relación, también especular, entre un animal parlante y un humano mudo donde se conjugan gran parte de los nexos entre humor y duelo, lenguaje y silencio.

El epígrafe de Susan Sontag a la segunda parte de la novela resuena y explica gran parte de estas reflexiones: “La enfermedad no es una metáfora y el modo más auténtico de encararla ⎻el modo más sano de estar enfermo⎻ es el que menos se presta y más se resiste al pensamiento metafórico”. Y es que cada uno de estos personajes metaforizan obsesivamente, a excepción de Ramón, que ha sido privado del habla y, por extensión, del cuerpo: “El silencio ⎻piensa Teresa⎻ te distancia de la carne. Es una paradoja, ¿no? Que el habla, tan invisible, sea precisamente lo que nos ata al cuerpo, ¿no?. Sea acaso ese acto de metaforizar lo que a Comensal le permite conectar el elemento humorístico; a mayor complejidad metafórica o comparativa del discurso especializado, mayor posibilidad de reducción al ridículo y a lo incómodo.

En el delirio final de Ramón previo a su muerte, éste llega a una especie de conclusión: tanto el médico como el juez son una farsa. Cada uno de estos personajes cargan con discursos que responden a los estereotipos de sus roles domésticos y sociales; donde Comensal interviene es en la confrontación de estos entre sí. Con ello revela la paradoja humana de quien “se mira a sí mismo y se cree superior a su propia naturaleza”. Sin embargo, resisten, ante todo, los actos de habla y escritura: como cuando Ramón bajo el efecto calmante de la marihuana nota cómo las teclas de la computadora hablan al presionarlas o cuando piensa (¿o dice?) “tengo derecho a hablar”, en los últimos momentos previos a su muerte. La intriga sobre la escritura, en ese sentido, persiste. Mucho más cuando se percibe que, a pesar de todo, en el pacto entre escritura y lectura, Ramón siga hablando, sin mayor problema.

adrian.almonte4271@alumnos.udg.mx