Año 17, Número 240.

A forma de un verso libre de engañosa apariencia sencilla, Silvia Madero aprovecha la distracción del lector, enfocada en la fluidez de sus palabras, para encajarnos las cuchillas de la realidad familiar

Fotografía: Jalisco es Cultura

Alexia Bermúdez Negrete

En ciertos contextos, algunos estudiantes de letras no queremos escribir y aun así lo hacemos. Hoy toca, con todo el dolor de mi familiar y lastimado corazón, escribir uno de esos textos. Silvia Madero es originaria de Sinaloa y estudió Letras Hispánicas en el Centro Universitario del Sur (CUSur). Asistió a talleres de poesía y narrativa que se impartieron en el CUSur, al taller literario de la Casa de la Cultura de Ciudad Guzmán y al de los Náufragos de la Palabra. Silvia Madero es poeta, narradora y ensayista y ha publicado sus textos en diversos medios nacionales, como Elipsis, RíoDoce, El Astillero, Revista El Humo, Monolito, Círculo de poesía, FCE en línea, entre otros.

Como ganadora de la convocatoria La Maleta de Hemingway, apoyo ofrecido por la Secretaría de Cultura Jalisco, en la categoría de poesía, Silvia Madero publicó en 2022 su primera obra: Casa infantil. En palabras del maestro y gestor cultural Ricardo Sigala, el libro de Madero es “un poemario sobre el tema de la familia, un libro que va más allá de los estereotipos, una suma de escenas y recuerdos positivos y negativos que aspira a dar, desde el yo poético, una imagen universal de la familia”. Y sí, dividido en las secciones “Familias”, “La casa que construimos”, “Terranova” y “En esta casa…”, el poemario Casa infantil abre las puertas de un hogar que, para desgracia de algunos y cobijo de otros, es reconocible y se siente propio.

A forma de un verso libre de engañosa apariencia sencilla, Silvia Madero aprovecha la distracción del lector, enfocada en la fluidez de sus palabras, para encajarnos las cuchillas de la realidad familiar. Como cita en uno de sus epígrafes, la palabra “familia” significa siervo o esclavo, y la poeta, poema tras poema y sin ser ni sus parientes, nos hace esclavos de la necesidad de hacernos más daño con sus versos. La familia, para Madero, es una constante de generaciones abatidas; un campo de soldados caídos y abandonados a su suerte entre la viva batalla; un lugar triste olvidado por los rayos del sol.

En la página treinta, Madero escribe “Mi casa no era muy grande como para llorar a solas / Tenía que ingeniármelas para ocupar los espacios vacíos” y con eso describe la opresión física y sentimental del hogar, esa daga que a muchos nos ha hecho lagrimear en silencio, escondidos en algún pedacito incapaz de solventar la pena. En el poema “Sobre la incapacidad”, la poeta dibuja la imagen de la infancia que no posee la capacidad de concebir el nacimiento del desastre; ese anhelo de ser alguien: “Aquí respira el fantasma de la imagen que siempre tuve de mí / La mujer de los logros y los dientes bonitos / No, no puedo ser esa, soy otra”. Qué difícil es leer esos versos cuando el fracaso ya te ha alcanzado y aquello que solías anhelar ser no se reconoce en el reflejo del espejo en que te miras. Madero ya nos ha hecho daño dos veces, y continúa…

Para el club empedernido de los daddy issues la poeta nos regala “Nahual”, donde podemos leer los versos “Papá era un miserable”, “Sólo su sombra era compañía” y “Padre, no es necesario que el perdón te absuelva / Cuando de verdad quieres a alguien / Sólo te basta que exista”. En ellos, la ausencia paterna, digna de los hogares mexicanos, reluce para recordarnos que hay miembros de la familia que adoptan condición de sombra, presente o fantasmal; transmutan en un mueble del que deshacerse cuesta, porque habitas su casa y a modo de adorno llevas su apellido. Dicen por ahí que la tercera es la vencida, pero las tres heridas que nos ha hecho Madero nos piden una más.

Lastimados, con el recuerdito de la familia maltrecha, los lectores llegamos a mi poema favorito. En “Mujer, es”, Silvia Madero toma la condición biológica de sangrar y parir para recordar que las mujeres sufrimos ya de nacimiento y de la mano del hecho nato, describe a la perfección la complicidad que existe entre las madres, tías, abuelas, primas, dentro del núcleo familiar. Se siente el cobijo entre los brazos del entendimiento de las mismas lágrimas, la misma imposición, el mismo y, a veces obligado, oculto femenino. Todas en ese poema se encuentran llenando vacíos, solventando un amor nacido de la misma sangre, uno incomprendido y ensombrecido.

La poeta cierra su libro con la sección “En esta casa…” y en ese apartado es cuando la casita infantil que cada uno habita se derrumba y deja ver el silencio, los secretos y las mentiras. El mayor acierto del poemario es que el perdón, que muchos consideramos inmerecido en nuestros núcleos familiares, llega al final y te abandona entre las paredes de tu casa con una disculpa atorada en el cogote. Casa infantil de Silvia Madero es un libro que desarma, que hace arder las heridas causadas por los lazos familiares, esas que no han sanado y en las que no se piensa; pero no todo es desánimo, ni es tan trágico, al final de cuentas el poemario es también una casita, esa propiedad de papel que uno adquiere en la que sí se puede chillar, chillar con ganas.

alexia.bermudez5834@alumnos.udg.mx