Año 17, Número 244.

Kim Ji-young, nacida en 1982 se publicó en 2016 en Corea del Sur y la traducción al español apareció hasta el año 2019 por medio de la editorial Alfaguara

FMDOS

Miriam Darnok Sandoval Gómez

No es un misterio que la literatura permite experimentar en carne propia lo que el otro siente; ella te lleva a derramar lágrimas, soñar, amar, recordar y hasta odiar. Se tienen casos especiales en los que las historias logran remover algo dentro del que lee; le hacen cuestionarse la visión que tiene de su entorno y de sí mismo, incluso le ayudan a retirarse la venda de los ojos y a comprender que todo debería ser distinto. No me parece nada descabellado decir que la novela de la que se hablará a continuación es parte de esta clase de obras.

Kim Ji-young, nacida en 1982 se publicó en 2016 en Corea del Sur y la traducción al español apareció hasta el año 2019 por medio de la editorial Alfaguara. Es importante mencionar que consta de 157 páginas y hasta el momento ha tenido once reimpresiones. Adicionalmente, la obra fue nominada al National Book Award en la categoría de Literatura Traducida. La autora, Cho Nam-joo (Seúl, 1978) es Licenciada en Sociología por la Universidad de Mujeres de Ewha, y además ha trabajado como guionista para programas de televisión. En 2016, su vocación literaria le hizo obtener el Premio Hwangsanbeol a la Literatura Juvenil.

A primera vista, se podría decir que la novela retrata a una mujer que lleva una vida normal dentro de los parámetros de lo socialmente aceptado —se hace cargo de la crianza de su hija y de las tareas del hogar— y que tiene la peculiaridad de portar el nombre más usual entre las mujeres coreanas nacidas en 1982. La historia toma un rumbo distinto cuando el esposo de la protagonista se percata de sucesos que no tienen una explicación lógica; Kim Ji-young comienza a hablar como si estuviera poseída —con las voces de otras mujeres que llegaron a formar parte de su vida, tanto vivas como muertas—. Así que la premisa inicial es tratar de desentrañar los motivos que han originado los episodios antes mencionados. Aunque esto es sólo el principio.

La lectura del libro supone hacer saltos temporales y encontrarse con todas esas historias que forman parte de la vida de una persona; todas esas que se desarrollan en la niñez, en la juventud y en la adultez. Es cierto que lo que se narra es la vida de Kim Ji-young, pero también es verdad que en esas páginas hay fragmentos que pertenecen a la historia de todas las mujeres del siglo XX —y de ahora—, tanto de Corea como del mundo. Conforme se avanza en la novela se presentan situaciones con las que es difícil no identificarse, pues —lamentablemente— han sido el día a día de cualquier mujer. El sentimiento de inseguridad que se tiene al salir a la calle y al hacer uso del transporte público, los prejuicios creados por cosas tan simples como la forma de vestir, por sonreír y no callar, así como la imposición de reglas sociales y familiares son representados.

Pese a que la obra es breve, los temas que se abordan en ella son variados y crudos, sin embargo, el tópico que más hace ruido —y que funciona como eje— es el de la desigualdad de género. Esta novela es una crítica a la inequidad, tanto a la que ha existido desde hace años como a la que todavía prevalece. Sobre esa que se ha hecho invisible en la cotidianidad pero que siempre ha recaído en la figura femenina de múltiples maneras y en diferentes escenarios —en el hogar, en la escuela, en el ambiente laboral, en la toma de decisiones, en la maternidad—. La historia de Kim Ji-young permite visibilizar todas esas conductas que se han normalizado, que han tenido que ser soportadas por las mujeres y que no deberían ser así.

Precisamente por ello es que el sentimiento que puede envolver al lector desde el inicio y hasta el final de la obra es uno de indignación. En sinónimos más, uno de coraje, de rabia, de irritación. Resulta interesante que la historia se entrelaza con datos verídicos que la autora proporciona —nótese su formación en sociología— que además de ayudar a contextualizar, refuerzan la sensación. Por su parte, la protagonista y el entorno son un recordatorio de que, pese a que la sociedad ha logrado avanzar, aún se queda muy atrás en temas de equidad de género, de humanidad. La mujer no ha gozado de cosas tan sencillas como el respeto; ha sido cuestionada y desvalorizada simplemente por pertenecer al género femenino.

Por lo ya mencionado —y por muchas cosas más— me atrevo a afirmar que Kim Ji-young, nacida en 1982 es un libro extraordinario. Esta novela crea una historia que a simple vista podría parecer sencilla, pero que en realidad no lo es; permite observar el daño que la sociedad ejerce sobre la mujer y deja traslucir la necesidad de un cambio. Es una obra con la que desafortunadamente cada mujer se puede ver identificada de una u otra manera, lo que demuestra que las preocupaciones y las situaciones que viven las mujeres no son tan distintas de un punto geográfico a otro —Corea, México, el mundo—. Es un retrato crudo de lo que significa ser mujer y de lo que significa tener que enfrentarse a un mundo que te da la espalda. Se trata de un libro que en ningún momento te saca una sonrisa, que es doloroso, pero que sin duda es de esas lecturas que son necesarias, que deben hacerse.

darnok.sandoval@alumnos.udg.mx