Año 18, número 293.

Cada día de todos los mes se celebran aniversarios, pero hay algo especial en aquellos que celebran los nacimientos, es como inmortalizar un momento fugas en algo físico o en algo tan abstracto como los recuerdos. El pasado 19 de enero se cumplió el centenario del cantautor José Alfredo Jiménez, el cual se ha convertido en un acompañante a lo largo de mi vida.
No recuerdo la primera vez que lo escuché, seguro fue durante mi primera infancia, en alguna fiesta familiar o quizás fue de una forma más sencilla, como en la radio o viendo una película. De lo que sí estoy seguro es que sus canciones me han acompañado a lo largo de mi vida y, como cualquier otro niño, las odiaba. Algunos dicen que se odia lo que no se comprende y en aquel momento no comprendía muchas cosas. Siempre que José Alfredo comenzaba a sonar todo se convertía en una especie de ritual, un rezo que se grita con desesperación y todos, al unísono, coreaban: “No tengo trono ni reina, ni nadie que me comprenda, pero sigo siendo el rey”.
José Alfredo también me ha acompañado en momentos amargos, en especial en funerales. No sé de dónde provenga la extraña costumbre de que en México, durante esa caminata que se siente eterna entre el recinto funerario y el cementerio, vaya amenizado con la presencia de Mariachis que tocan canciones melancólicas. Siempre que escucho: “no vale nada la vida, la vida no vale nada”, recuerdo el llanto silencioso de los caminantes, que aunque los lentes negros cubran sus ojos, no pueden ocultar sus tristezas. “Comienza siempre llorando y así llorando se acaba”, este verso siempre lo relaciono al cuerpo inerte que es transportado en esos singulares automóviles largos y negros, donde está siempre plasmado el logo de la funeraria. Las larga marcha a paso lento y que interrumpen el tráfico permiten que las personas disfruten su sufrimiento al ritmo de las canciones de José Alfredo.
Tiempo después, cuando fui un poco más consciente de mí mismo, empecé a ver las cosas de forma diferente. Comprendí que la música vernácula formaba un eje esencial dentro del pensamiento mexicano y sobre todo que José Alfredo, más allá de esta imagen del macho mexicano, muestra el otro lado de la moneda. Él encarna al hombre derrotado en sus canciones, aquel que sufre de desamor o el que espera ansioso la muerte. Aquí el macho tradicional se transforma en aquel que puede morir de amor, el que viene de un mundo raro, el que esta consciente de siempre cae en los mismos errores, el que espera el olvido o el que sabe que la vida no vale nada.
Ha pasado más de medio siglo sin José Alfredo, pero él sigue aún vigente entre las nuevas generaciones, aquellas que lo disfrutan en las reuniones o aquellos que lo odian. Lo que es seguro es que algunos de sus versos ya son parte del imaginario mexicano, que aunque no conozcan al autor, siempre gritan: “Pero sigo siendo el rey”.
Héctor Israel Rodríguez García
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