Año 18, número 307.

Diseño: Sofia Caro

Incluso con mis cicatrices cubriendo mi cuerpo mientras me abrazan, unidas por el pecado de la carne que pesa sobre mi hombro, observo con atención tus ojos, cubiertos por una fina tela blanca. Tu voz, áspera como las rocas de mar pulidas por las sales que las cubren. Tus manos, tratando de engarzarse con las mías, me provocan una alineación hacia mi existir.

Las estaciones pasan por cada una de mis manos. El invierno llegó, la época del año que se siente fría. Es entonces cuando mi cuerpo no suele distinguir entre lo frío o lo caliente, entre lo sensible con lo doloroso. Justo en ese momento, mis hilos empiezan a colgar por detrás de mis orejas, jugando con el viento, despeinando cada pedazo de hilo.

Me enseñaste a pronunciar mis primeras palabras cuando incluso mis únicas sílabas que escupían de mi boca eran «Víctor».

El silencio inundó mi mente. Era la primera vez que mis pensamientos se sentían como la noche apagada; ningún ruido replicaba en mi cabeza. Fue en ese momento cuando tu voz resonó en cada rincón de mi estrechado y reconstruido cerebro: «Ve hacia la palabra, camina sobre ella». En ese instante, la verdad de mi pasado, así como cada una de esas marcas que me contraían para unirme a mí, me hicieron darme cuenta de la melancólica soledad que se unía a mi cuerpo. Ahora no solo era una construcción de distintos animales que caminan en dos pies en esta tierra, sino la melancolía que estaba atada a mí.

Después de mi encuentro, al descubrir lo que soy, regresé a ti, querido amigo, pero simplemente ya eras una hoja convirtiéndose en polvo. Tus palabras resuenan una tras otra: “Un buen hombre, un amigo”. Luego descubro que tu último aliento fue arrebatado por esas últimas palabras. Esa oración fue directamente para mí, para aquel monstruo que pudo haber creado esta humanidad. Fue entonces cuando la soledad y el silencio me arropaban con su sábana caliente, además de un fuego abrasador que tocaba la punta de mis manos.

Estuve por un tiempo en el abismo de mis pensamientos, un abismo que no me dejaba salir. La manta suave que calentaba mi cuerpo era una delgada tela de algo blanco. ¿Era nieve? ¿O solo era mi cuerpo alimentándose de mi propia carne?.

Una pizca de inocencia inundaba mi frío e doloroso cuerpo, exclamando por un poco de amor para mi desolada existencia, la cual tú me negaste con tu ronca voz. Fue entonces cuando los celos y la ira fueron los únicos testigos de esa noche, en la cual mis hilos empezaron a brotar como raíces. La vida, una vez más, me gritaba en mi rostro que nada bueno traía mi existencia. Fue cuando mis ojos se clavaron en tu abdomen, mostrándome algo que me negaba a observar. Mis fantasmas tomaban el poder de mi vida, mientras la tuya se esfumaba como la espuma de mar.

Y entonces henos aquí, al principio del todo, pero al final de la nada. Rezaba una y otra vez, anhelando lo que el ser humano teme: la muerte.

Karina Marcela Avalos Ricón
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