Año 18, número 294.

En la biblioteca del Centro Universitario del Sur (CuSur), en Ciudad Guzmán, hay una persona que muchos estudiantes conocen por su amabilidad, aunque no siempre por su nombre. Cuando alguien llega perdido buscando un libro, una base de datos o simplemente orientación, casi siempre hay alguien dispuesto a ayudar con paciencia. Ese alguien es Don Pedro.
Su puesto formal es técnico administrativo E, y es responsable de la atención a usuarios, pero él describe su trabajo de una forma más simple: procurar que nadie se vaya con las manos vacías.
“En caso de que no encuentren el autor que anden buscando, siempre trato de darles una opción”, explica. Para él, la biblioteca no es solo un espacio de consulta, sino un punto de encuentro entre los estudiantes y el conocimiento, donde también ayuda a orientarlos para utilizar recursos digitales, como las bases de datos y el portal de la biblioteca digital, herramientas que muchos desconocen o encuentran difíciles de usar.
Desde el mostrador de atención, Pedro se ha convertido en uno de los rostros más visibles de la Biblioteca Hugo Gutiérrez Vega. Aunque son once personas trabajando en el lugar, él y sus compañeras de atención directa son quienes reciben a los usuarios todos los días. “Somos la cara de la biblioteca”, dice.


Con los años entendió que cada estudiante necesita algo diferente. No es lo mismo orientar a un alumno de veterinaria que a uno de psicología o negocios internacionales. Cada carrera necesita información distinta, y el bibliotecario debe aprender a moverse entre todas esas áreas del conocimiento para poder ayudar al estudiante.
Sin embargo, para Pedro el trabajo va más allá de encontrar información: “Yo siempre digo que no trabajamos para la universidad: trabajamos para los estudiantes”, afirma. Ese principio guía su manera de tratar a quienes llegan a la biblioteca. Para él, los estudiantes son quienes dan sentido al trabajo dentro de la universidad.
De los laboratorios a la biblioteca
La historia de Don Pedro en la universidad comenzó en 1994, cuando el Centro Universitario del Sur apenas tenía unos meses. Llegó como apoyo en el departamento de medicina, donde trabajaba en el laboratorio de microbiología preparando materiales para las prácticas de los estudiantes.
En aquellos primeros años todo era distinto: había poco personal y las tareas se compartían entre varias áreas. Incluso le tocó participar en un momento histórico para la carrera de medicina.
Cuando la primera generación iba a iniciar las prácticas de disección, todavía no había cadáveres disponibles para el laboratorio de morfología. Tras varias gestiones, la Escuela de Medicina de Guadalajara donó el primero, y Don Pedro fue quien viajó a traerlo.


A partir de ahí su trayectoria pasó por varias áreas administrativas dentro del centro universitario. Trabajó en servicios generales, participó en procesos administrativos y fue testigo del crecimiento de la institución: nuevos edificios, más personal y más carreras.
Finalmente, en 2004 llegó a la biblioteca, donde encontró el lugar en el que permanecería el resto de su carrera.
La lección que cambió su forma de ver la vida
Sin embargo, el momento que más marcó su forma de tratar a las personas ocurrió mucho antes de llegar a la biblioteca. Mientras apoyaba al Doctor Peña en el área de morfología y en contacto con el servicio forense, convivió de cerca con la muerte. Una escena en particular lo acompañó desde entonces.
Un día llegó el cuerpo de un trabajador que había sufrido un accidente. Pedro tuvo que quitarle las botas antes de que iniciara la autopsia. “Traía sus botas bien boleadas, bien atadas… y pensé: este cuate en la mañana que salió de su casa, no pensó quién le iba a quitar las botas”. Ese momento lo confronta con la fragilidad de la vida.
También fue testigo de actitudes deshumanizadas hacia los cadáveres, comentarios fuera de lugar que le hicieron reafirmar algo que aún guía su manera de actuar: “Yo decía para mis adentros: que nunca se me quite ese respeto por la vida y por la muerte”.


Ese principio, menciona, es el mismo que lo impulsa a tratar con respeto y paciencia a cada persona que llega a la biblioteca.
Pero su forma de ver a los estudiantes también tiene raíces familiares. Don Pedro creció en una familia de diez hermanos y es el menor de todos. De niño escuchaba a su madre decir algo que lo marcaría profundamente: ella trataba de ayudar a otras personas porque esperaba que alguien ayudara a sus hijos cuando se fueran lejos.
Muchos de sus hermanos emigraron a Estados Unidos y durante meses no sabían nada de ellos. Así que, esa experiencia refleja una inquietud compartida que va más allá de la familia y alcanza el ámbito laboral. “Yo trato bien a los alumnos para que alguien trate bien a mis hijos”, dice.
El final de una etapa
Pero después de más de tres décadas en la universidad tratando a cada uno de los estudiantes de una forma cálida, familiar y única, Pedro está a punto de jubilarse.
Quizá muchos estudiantes no sepan su nombre, pero quienes han pasado por la biblioteca saben algo más importante: que siempre hubo alguien dispuesto a escuchar, orientar y acompañar.
Mira hacia atrás con orgullo y dice: “Me siento contento de haber aportado mi granito de arena en cada área donde estuve”.
Pero antes de cerrar esta etapa, imagina qué le diría a aquel joven que llegó por primera vez a la universidad hace más de treinta y un años. La respuesta lo emociona: “Le diría que no tuviera miedo a enfrentar lo desconocido… y que se preparara más. Siempre se aprende algo nuevo… siempre” Remarca.


Don Pedro se quita los lentes y limpia algunas lágrimas, y con una sonrisa añade: “Espero que cada persona que le haya brindado un servicio, haya sido lo que esperaba, para que no se fuera decepcionado de haber encontrado a Pedro por el camino.”
Emiliano Mendoza Aranda
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