Año 18, número 282.

Fotografía:  Jesús Fernando Aragón Campos

Por motivos de intercambio académico en el Centro Universitario del Sur de la Universidad de Guadalajara, tuve el privilegio de residir por un tiempo en Ciudad Guzmán.

Desde mi primera impresión, destacan dos cualidades fundamentales: la primera se manifestó durante mi presentación con el equipo del Laboratorio de Estudios Turísticos para la Sustentabilidad, perteneciente al Departamento de Ciencias de la Naturaleza. Ante el natural nerviosismo de salir de mi zona de confort —pues soy sinaloense por adopción—, encontré, como respuesta, una gran calidez y amabilidad por parte de cada uno de mis homólogos. Esta actitud se repitió en cada lugar y con cada persona durante toda mi estancia, lo que hizo de esta experiencia algo profundamente enriquecedor.

La segunda cualidad se refiere a un rasgo fundamental del espacio central de la ciudad. A pesar de su escala urbana, Ciudad Guzmán podría ser la ciudad mexicana con mayor concentración de portales en el perímetro de su plaza principal y en las aceras aledañas a este espacio vital. Si bien podría rivalizar con la Ciudad de México en cuanto a longitud construida, la diferencia radica en que, en esta última, los portales están dispersos al interior del centro urbano. Las dos virtudes mencionadas de sociedad y su hábitat edificado no son una coincidencia; a ellas dedico este artículo.

Interior del portal Hidalgo de Ciudad Guzmán, Jalisco.

En cuánto a la construcción de estos pórticos, cabe señalar que no existe un registro normativo que indique dónde deben edificarse ni cuál debe ser su extensión dentro del modelo de plaza mayor o plaza de armas. Aunque los edificios que los albergan cumplen funciones comerciales, cívicas, religiosas y sociales, su construcción responde, sobre todo, a iniciativas de inversiones privadas. De ahí que, su reproducción no está estandarizada en las ciudades mexicanas.

Para el caso de Ciudad Guzmán, se recogieron comentarios que calculan que su edificación se debe a factores climáticos derivados del clima templado que caracteriza a esta región, pero este factor no obedece a su replicación en otras entidades con clima semejante.

Un factor importante es el histórico. Como sabemos, estas morfologías arquitectónicas fueron introducidas por los españoles durante la época virreinal en México. A su vez, ellos se inspiraron en los portales romanos, tanto de la época republicana como imperial.

Los romanos, por su parte, habían adaptado esta forma constructiva de las estoas de la antigua Grecia, otorgándoles un carácter más funcional y distributivo de sociedades constituidas desde un enfoque más democrático y que a partir de estos, los españoles de la colonización del continente implementaron estas formas de plazas públicas con portales en su contorno.

Elaboración propia con información de Leland (1999)

De esta manera, estos edificios emprendieron su camino hacia la consolidación del demos (pueblo) sobre el krátos (gobierno), trazando una ruta que llega hasta nuestros días con el empoderamiento de la ciudadanía en un gobierno del pueblo (gobernanza).

El intercambio de conocimiento en el espacio público, derivado de esos ejemplares arquitectónicos, dio lugar tiempo después a los estoicos: hombres pertenecientes a una corriente filosófica que identificó su nombre con estas edificaciones por ser abiertas, caminables y propicias para el intercambio de pensamiento.

Arendt (1999) afirma que la democracia no es un elemento estacionario ni rígido, sino que se adecua a la intensidad de la interacción social en el espacio público. Es ahí donde una ciudadanía crece o se debilita. En conclusión, una sociedad es producto de su espacio público y, a su vez, el espacio público es producto de la calidad de su ciudadanía.

Se recogieron relatos que describen a Ciudad Guzmán, en siglos pasados, como la entidad preferida inicialmente por las élites virreinales y, después, por los hacendados porfirianos. Esta preferencia podría deberse al privilegio de su ubicación, en la base de la Sierra del Tigre, lo que favoreció su desempeño como polis. Valera y Guardia (2002) describen que dichas interacciones socioespaciales se caracterizan por la identificación de los individuos con el espacio, tanto por adscripción cómo de donde procede, por último, como se apropia del espacio surgido de las experiencias vividas en el lugar. 

Podría decirse que la sociedad de esta entidad ha tenido la oportunidad de identificarse con valores culturales consolidados. Prueba de ello son sus personajes históricos, icónicos y trascendentales. Pero aún más allá, y de nuevo, desde su hábitat, sus obras en el espacio público evidencian una participación ciudadana activa en las decisiones sobre su urbanidad.

A simple vista, Ciudad Guzmán destaca por la vitalidad de su concurrido centro, resultado de la rica y diversa funcionalidad de sus portales y espacios públicos. Los logros de la participación ciudadana se evidencian en la implementación de una movilidad amable, mediante pasos peatonales seguros y una ciclovía que recorre la ciudad. 

Este gran esfuerzo ha resultado en una convivencia cordial entre sus habitantes, una esencia única que sólo esa ciudad y sus pobladores emanan como valor patrimonial de los mexicanos y de quienes hemos tenido el privilegio de ser más que visitantes: hijos adoptivos de esa bella región.

Jesús Fernando Aragón Campos

 jesus.aragonc@uadeo.mx