Año 18, número 298.

Aletheia
Cuando naciste, él ya estaba muerto. Murió dormido, sin ruido, como si el corazón se le hubiera apagado de repente en mitad de la noche, sin darle tiempo a nadie de despedirse. Así se fue, sin avisar, como hacía casi todo.
Dicen que uno hereda la sangre, los gestos, hasta la forma de mirar. A ti no te tocó nada de eso. A ti te tocó otra cosa, la historia. Esa que se queda pegada en la familia como el polvo en los muebles, aunque nadie la nombre. Tú no lo conociste. A Salvador. Pero lo llevas encima, en los silencios que se repiten, en ciertas formas de querer que no se explican.
Me preguntaste cómo lo conocí una tarde cualquiera, sentada frente a mí, con las piernas cruzadas y los ojos abiertos como si todavía creyeras que todas las historias empiezan bonito. Afuera pasaban los carros despacio y el sol ya iba cayendo, metiéndose entre las casas. Yo te miré un momento y pensé en mentirte. Decirte que fue en la plaza, o en una fiesta, o bajo la sombra de un árbol, como se cuentan las cosas cuando uno quiere que suenen mejor de lo que fueron.
Pero no.
Yo no lo conocí.
A mí me subieron a un taxi un jueves por la mañana, y desde entonces todo lo que vino después ya no se pudo contar de otra manera.
Era 1962. Yo tenía veinticinco años y todavía salía al mercado todas las mañanas, como si la vida fuera a seguir siendo eso: elegir fruta, regatear el precio del chile, volver a casa antes del mediodía.
Ese día fui sola. Mi sobrina se quedó dormida y no quise despertarla. Salí temprano, cuando el aire todavía estaba fresco y las calles apenas comenzaban a llenarse. El mercado olía a cilantro mojado, a carne recién cortada, a tierra. Las mujeres hablaban entre ellas, los vendedores gritaban ofertas, y todo parecía en su lugar. Compré lo de siempre. Nada distinto. Nada que avisara.
Lo vi al salir.
Estaba junto al templo, recargado como si no esperara a nadie. Su hermano estaba unos pasos atrás, mirando alrededor, como quien cuida que algo no se interrumpa. Yo bajé la mirada y seguí caminando. Pensé que si no lo veía, no iba a pasar nada. Pero cuando di la vuelta en la esquina, el taxi ya estaba ahí.
No dijeron mi nombre.
No hicieron ruido.
Solo una mano en el brazo. Firme.
Y el jalón.
Todo fue rápido, pero no lo suficiente como para no entender. La puerta se abrió, alguien empujó desde atrás, y antes de que pudiera gritar ya estaba adentro. El asiento olía a sudor viejo y a polvo. Afuera, el mercado seguía sonando igual, como si nada.
Nadie volteó. Nadie preguntó.
El carro arrancó.
Yo me quedé quieta. No porque no quisiera moverme, sino porque supe, en ese momento exacto, que ya no había a dónde ir. Él iba a mi lado. No me miraba. Tenía la vista fija al frente como si lo que estuviera pasando fuera lo más natural.
Y entonces entendí.
No era un encuentro. No era un error.
Era una decisión.
Me llevó a Guzmán.
No recuerdo el camino completo; solo tramos, el ruido del motor, el polvo entrando por la ventana, el movimiento constante que no me dejaba pensar con claridad. Cuando llegamos, la casa estaba en silencio. No había nadie más.
Cerró la puerta.
Y entonces sí me miró.
No voy a contarte todo. Hay cosas que no se dicen completas.
No porque se olviden, sino porque siguen pasando cada vez que se nombran. Quédate con esto: yo no salí siendo la misma.
Fueron días. No sé cuántos exactamente. El tiempo ahí adentro no se movía igual. A ratos entraba la luz por la ventana y me hacía pensar que ya había pasado todo; luego volvía la noche y entendía que no.
Él hablaba como si nada. Decía que ya no tenía sentido llorar, que las cosas eran así, que ahora yo era suya. Yo no respondía. Aprendí muy rápido a quedarme quieta. A no hacer ruido. A mirar a un punto fijo en la pared para no estar del todo ahí.
Después me regresó.
Llegamos a Sayula como si fuéramos cualquier cosa; como si nada se hubiera roto. Él y su padre se sentaron con el mío. Hablaron entre hombres, en voz baja, como se arreglan los asuntos que no quieren causar un escándalo. Dijeron que ya había pasado lo que tenía que pasar. Que lo correcto era casarnos.
Nadie me preguntó qué quería yo.
Mi abuela fue la única que se acercó después. Me dijo, en voz bajita, que todavía podía decir que no, que podía quedarme en la casa, que no pasaba nada. Pero sí pasaba. Pasaba todo.
¿Cómo volvía yo a entrar por esa puerta como si nada? ¿Cómo me sentaba a la mesa sabiendo que ya no era la misma?
Así que dije que sí.
Y me casé con el hombre que me había quitado la vida antes de empezar a vivirla. Hubo boda.
Como debía de ser.
Con música, con comida, con gente que sonreía como si estuviera celebrando algo que no se rompía antes de empezar.
Yo llevaba un vestido blanco que me apretaba el pecho. Me cubrieron la cara con un velo, como si eso pudiera ocultar lo que ya estaba hecho. Caminé hasta el altar sin mirar a nadie; solo escuchaba mis pasos, uno tras otro, como si fueran de alguien más.
Desde afuera, parecía una fiesta. Desde adentro, ya era otra cosa.
Esa noche entendí lo que iba a ser mi vida: no una historia, sino una repetición. Los días comenzaron a parecerse entre sí. La casa, los trastes, la comida, su voz, su forma de entrar, de salir, de estar sin estar.
Me embaracé pronto.
Cuando nació el primero, lo miré largo rato antes de tocarlo. No sabía si iba a poder quererlo. Venía de un lugar donde yo no había elegido nada.
Pero lo quise.
No de golpe. No como dicen. Lo fui queriendo despacio, como crecen las cosas que no tienen permiso pero igual se quedan. Y con él entendí que el amor no siempre nace limpio; a veces nace donde se puede.
Después vinieron los otros. La casa se llenó de voces, de pasos, de cosas por hacer. Yo aprendí a sostenerlo todo. A mandar, a callar, a seguir. Él seguía yéndose. Siempre hubo otra, aunque nadie la nombrara en voz alta.
Y aún así, el tiempo hizo lo suyo.
Uno se acostumbra. Se acostumbra al cuerpo del otro, a su respiración en la noche, a los silencios compartidos. Y en ese acostumbrarse, sin darse cuenta, algo empieza a parecerse al amor. No porque lo sea, sino porque ocupa su lugar.
El primero de enero de 1991 amaneció frío. Me desperté con su cuerpo pegado al mío. Pensé que estaba dormido. Le hablé. No respondió. Lo empujé un poco. Estaba duro. Frío. Así se murió, sin avisar.
La casa se llenó de gente, de llanto, de rezos. Diez hijos lo lloraban como si se hubiera ido un buen hombre. Yo me senté en la orilla de la cama. Miré el lugar donde había dormido tantos años, el hueco que dejó su cuerpo. Pensé en todo lo que no fue, en todo lo que sí fue, en todo lo que nunca tuvo nombre.
Y me dolió.
No como duelen las cosas buenas. Me dolió como duelen las costumbres que se quedan sin a quién aferrarse.
Ahora me preguntas cómo lo conocí. Ya te dije que no lo conocí. A mí me lo impusieron. Pero hay algo que no te dije entonces. Con los años, sin darme cuenta, lo fui queriendo. No al hombre que me quitó la vida, sino al que se quedó en ella.
Andrea Estrada Aguilar.
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