Año 18, número 287

Imagen: Mia Luna

Cada uno conoce la muerte enmarcada por nuestro destino. 

Enmarcada del perro que se ovilla al fondo de un pozo terrenal, 

abrigado con una fina capa de cal, igual de blanquecina

y repleta de luz como la neblina que se condensa en sus ojos. 

Yo conocí la muerte cuando una mariposa negra 

se posó en la cabeza de mi madre coronas de flores obsesivas.

No recuerdo el instante, no conozco los detalles; 

solo sé del frío punzante que amenazaba el hospital 

sus alas encogidas por lirios góticos 

que escupen chorritos niebla lila bajo las leyes del desconcierto. 

Para protegerla de todo aquello:

en mi visita los peluches se arrebolaban  entre mis abrazos 

formando la población de su camilla, 

como si notificará su estado de diosa enferma 

que despierta bajo el calor de los animales 

y recuerda la eterna remembranza: de ella, de su hilo de vida, 

colgaban no solo aquellos seres afelpados, sino mi hermana y yo. 

Cuando yo me postré en una camilla con los pulmones violáceos

conocí el dado con el que la muerte sortea sus juegos de azar, 

como al igual que en la guerra, decide quién se queda y quién no. 

Poco a poco mis compañeros de batalla iban al quirófano 

o a un abismo que era indescifrable para un niño 

con el tiempo congelado entre su pecho. 

La muerte. La memoria. El olvido. Lo recuerdo bien, 

porque la incertidumbre es un recordatorio indeleble. 

por el desnivel en la sangre de mamá, 

los puñales invisibles que la aprisionan, 

por esa mañana en que no movió la mitad de su cuerpo, 

por la vecina que le dijo que tenía la mitad del rostro paralizado. 

La muerte es un momento atrofiado por la diabetes, 

hipertensión, artritis y fallas pulmonares. 

Un verso se tiñe por la máscara de la noche, la verdad de la tierra 

los designios aciagos, la voz de los cuerpos perdidos, 

pesadillas indescifrables, Caronte en lúgubre paisaje 

que serpentea con su canoa un soplo negro 

para las rosas blancas que reían sobre mi amor.

Hoy le regalaré a mi madre las mil y unas noches

actuadas por una manada de gazapos

en esas palabras de estambre 

dichas con un sentimiento desbocado 

como la vida adhiriéndose al esqueleto de suspiros gélidos 

como el pozo que contienen su abismo

con los arroyos del Paraíso terrenal. 

Cobijaré su pecho con yerba para que su corazón

sea un nido carente de agonía y dagas que atraviesan la médula 

retoñando nuevamente las en el camposanto 

para que el cuerpo sea una crisálida que desnuda su tinta en alas del espíritu

como del moribundo se arranca la más bella palabra.

Saudade

Israel Gallegos Olguín 

israel.gallegos5279@alumnos.udg.mx