Año 18, número 304.

Diseño: Sofia Caro

Ese día, Toño caminaba por una solitaria banqueta cerca del centro de la ciudad, mientras buscaba alternativas para refrescarse del agobiante calor del mediodía. También necesitaba comer algo, pues ya apretaba un poco el hambre. 

Desde chico, siempre le habían gustado toda clase de frutas. Las naranjas, las guayabas, los plátanos y las papayas eran de sus favoritas. Sin embargo, su predilecta era la sandía. Quizás porque le recordaba su infancia allá en el rancho, cerca de la costa, cuando durante las vacaciones escolares de primavera trabajaba con su familia en la cosecha de ese oblongo y rayado fruto. 

Ahí fue donde aprendió que cuando el zarcillo, el largo y delgado tallo en que la planta utiliza para trepar y sujetarse se pone marrón, la sandía está lo suficientemente madura para ser cosechada. No olvidaba tampoco lo entretenido que era golpear la superficie de la fruta con los nudillos para corroborar lo anterior: si el sonido resultante era hueco o apagado, había que recogerla. En caso contrario, era necesario dejarla reposar unos días más. Era el tiempo en el que jugueteaba con sus hermanos y sus primos entre las líneas de la siembra, cuidando de no tropezar con las largas las raíces se extendían libremente por todas partes.

Le encantaban el color, la frescura y el sabor del fruto. En la mesa del comedor de la vieja casona, herencia de sus abuelos, siempre estaban presentes y disponibles grandes trozos triangulares que le servían de insumo hidratante después de regresar, a media tarde, de las inolvidables correrías con sus parientes.

Jadeantes y sudorosos, usualmente los chavales se tendían en el suelo del amplio patio principal y compartían el deleite de saborear las jugosas rebanadas, escupiendo las semillas al suelo y de vez en cuando dirigiéndolas como un pequeño proyectil a la oreja de algún despistado vecino. 

Inolvidable aquella ocasión en que uno de sus compinches, molesto por ese juego, intentó responder con mayor fuerza a la afrenta, para lo cual inhaló profundamente con la intención de imprimirle el mayor impulso posible a su semilla-munición, con tan mala suerte que justo en ese momento le acogió un acceso de tos y terminó tragándose la pepita, afortunadamente, sin mayores consecuencias. Las carcajadas del grupo no se hicieron esperar y terminaron todos, incluyendo al ofendido buscador de venganza, rodando por el suelo, incapaces de dejar de reír por un largo rato hasta que tuvieron que abrazarse a sus estómagos, agobiados éstos de tantas bruscas y repetidas contracciones.

Esa evocación lo seguía acompañando siempre, aún de adulto. Y continuaba causándole la misma gracia. Pausando un poco sus nostalgias, encontró un puesto de frutas callejero y se detuvo a un costado, mientras calibraba las opciones existentes para solicitar: piña, mango, jícama, pepino, papaya…y sandía. No lo pensó dos veces. Pidió una bolsa grande de sandía con sal, limón y chile en polvo. Antes de que el vendedor comenzara a cortar la fruta, con una amplia sonrisa, Toño le indicó: “déjele las semillas”. Y entonces, volvió a ser otra vez aquel inquieto niño costeño.

 Jorge Arturo Martínez Ibarra
jorge.martinez@cusur.udg.mx