Año 18, número 291.

Diseño: Mia Luna

Obsesiones, publicado por Alas de Cuervo en el 2025, es el título del libro de Jorge Santana , y también el hilo conductor que une sus veinte relatos. A través de su escritura, el autor nos invita a adentrarnos en historias donde la obsesión toma forma en el abandono, las rupturas amorosas, los deseos que no cesan fácilmente, la ausencia del padre y esas injusticias que la vida a veces nos pone enfrente. 

La obra de Jorge va más allá del simple cuento de terror: es un diálogo con las pasiones humanas, narrado con un estilo ágil, envolvente y profundamente inquietante. Y aunque sus textos hoy habitan la literatura contemporánea, inevitablemente, al leerlos, nos remiten a los grandes maestros que marcaron su camino: Edgar Allan Poe, H. P. Lovecraft, Juan Rulfo, entre otros. Por ese motivo, he decidido escribir una breve reseña para presentar este libro lleno de historias que estremecen, sorprenden y nos recuerdan que todos, de una u otra forma, también vivimos nuestras propias obsesiones.

En esta ocasión, tomaré como foco principal tres cuentos de la compilación, los cuales funcionan como umbral para comprender la técnica y la visión de su autor. En primer lugar, “Nunca desees la muerte de tu padre”, que, desde una perspectiva mítica, nos remite a una cultura religiosa, donde la existencia de los diez mandamientos marca el límite moral de los deseos humanos. El relato nos muestra las consecuencias que pueden desatarse cuando se transgrede ese orden y se desea la muerte de un ser amado. 

En esta historia, el protagonista lleva el nombre de Jorge, un niño que, tras el enojo de ver incumplida la promesa de ir al circo, maldice a su padre con la muerte. Desde ese momento, el hombre comienza a enfermar y a descomponerse lentamente, aunque esos cambios sólo son visibles para el propio niño, autor del deseo prohibido. El texto revela así el conocimiento simbólico y las influencias literarias de su autor, quien describe la transformación del padre con imágenes como la siguiente:

[…] Jorge comenzó a rezar todas las noches, recordando las oraciones que había aprendido en el catecismo. Evitaba el contacto con su papá, quien a veces era acompañado por un par de ratas que le mordían las pantorrillas, cucarachas que salían de su boca y, la noche anterior, un cuervo negro le devoraba los ojos durante la cena. (Santana, 2025, p. 20). 

Este fragmento evidencia el diálogo que Jorge Santana establece con la tradición de Edgar Allan Poe y con la estética de lo siniestro. El cuervo, más allá de su función como símbolo de la muerte, actúa como una metáfora que representa el remordimiento y la culpa. De modo que Santana no sólo recrea el horror desde lo físico, sino que lo transforma en una experiencia ética y emocional. Su cuento nos confronta con lo que tememos reconocer: que la oscuridad, en el fondo, no proviene del exterior, sino de los deseos más íntimos que intentamos negar.

Ahora bien, del cuento anterior no sólo se rescata la metáfora y la referencia, sino también la presencia de un personaje que comparte el nombre con su propio autor. Jorge es el nombre del niño en “Nunca desees la muerte de tu padre”, pero también del protagonista del relato titulado “Padre-doja”.

Tal reiteración del mismo nombre nos invita a preguntarnos si el autor propone un juego autoficcional, en el que además se repite un tema central: la figura de un padre ausente. En “Padre-doja”, Santana se autorrepresenta a través de la historia de un joven que busca a su padre mediante un viaje al pasado, insertando elementos fantásticos que distorsionan la percepción del tiempo. Sin embargo, después de que el personaje descubre los secretos de su padre y su figura transforma su propia comprensión del pasado, el cuento concluye con una construcción narrativa que recuerda, a manera de tragedia griega, que es imposible huir del destino y, mucho menos, alterar el pasado:

A veces es mejor pretender que nada ha pasado, que la vida siga su ritmo, tal como lo ha estado haciendo siempre. Sobre mi papá…, todo pasa por algo. Aún me cuesta creer que fui yo quien lo mató, aunque esa mirada que me dedicó mi tía Silvia cuando tenía siete años y lo vi convaleciente en esa habitación tiene sentido, ¿no? (Santana, 2025, p. 162).

En conjunto, estos cuentos muestran cómo Santana combina lo autoficcional con lo mítico y lo trágico. Al repetir el nombre “Jorge” y confrontarlo con la figura paterna, el autor no sólo juega con la identidad de sus personajes, sino que plantea una reflexión más amplia sobre la herencia, la culpa y la imposibilidad de modificar el pasado. Sus relatos nos recuerdan que la obsesión, la memoria y la responsabilidad son fuerzas que configuran nuestra existencia, y que toda búsqueda personal está inevitablemente marcada por el encuentro con la verdad y el destino propio.

Otro cuento en el que encontramos motivos y temas similares, y que además dialoga con la tradición rulfiana, es “Día de muertos”. En este relato, el personaje principal pierde a su padre, quien es asesinado; tras el suceso, se muda a la ciudad para vivir con su tío, pues su madre cae en una profunda depresión y se obsesiona con escribir historias, al punto de descuidarlo por completo. El protagonista crece solo y, cuando el tío con quien se había criado muere, regresa a San Joaquín, el pueblo donde fue enterrado su padre. Una vez ahí, se percata de que el lugar esconde anomalías que él se empeña en descifrar. Sin embargo, el tono fantasmal, melancólico y crítico frente a la tensión entre lo urbano y lo rural se enmarca en una tradición que remite directamente a Juan Rulfo, lo que dota al relato de una estética sólida y una atmósfera profundamente mexicana. Este regreso a los orígenes no sólo reactiva el tema de la paternidad ausente, sino también la búsqueda de una memoria y una identidad perdidas, algo que ya se vislumbraba en los dos cuentos anteriores. Los momentos en los que mejor se percibe este tipo de técnica ocurren, precisamente, cuando el autor describe los espacios, donde el tiempo parece haberse detenido y la nostalgia se manifiesta:

—¿Puedo pasar? —pregunto. Mi tío Luis asiente, pero me mira raro, como si temiera que fuera un ladrón o algo más. Entro a la casa donde crecí, sigue igual: los mismos muebles viejos y las fotografías sobre la televisión, de esas que no eran pantalla plana. Veo a mi mamá, a mis tíos y a mis primos en fotos; noto que han quitado la foto donde yo salía. (Santana, 2025, p. 27).

El pasaje anterior marca un tono íntimo y desolador de la narrativa de Santana, donde el espacio se convierte en el escenario de la pérdida y del paso del tiempo. El retorno al hogar revela no sólo un territorio físico, sino también una memoria no completa: la casa, las fotografías y los objetos actúan como testigos de una identidad borrosa, desplazada. De modo que, “Día de muertos” no sólo dialoga con la herencia rulfiana, sino que reinterpreta el mito del regreso al origen, mostrando que la verdadera casa del protagonista —y, quizás, del propio autor— es la escritura misma, ese lugar donde la ausencia puede finalmente decirse.

Leer Obsesiones es asomarse a un universo donde la realidad se distorsiona, la memoria se vuelve un tema y los deseos más íntimos cobran una forma inquietante. Jorge Santana nos ofrece relatos que estremecen, pero también conmueven; historias que, entre el horror y la ternura, nos recuerdan que todo ser humano vive atrapado por aquello que más teme olvidar. Cada cuento abre una puerta hacia nuestros propios miedos: los vínculos rotos, la herencia familiar, el peso del pasado, la necesidad de redención. En sus páginas, lo fantástico no busca alejarnos de la vida, sino revelarla desde otro ángulo, uno más honesto y profundo. Obsesiones es, al final, un espacio literario y en él nos encontramos con las culpas, los anhelos y las pérdidas. Y quizá por eso, al cerrar el libro, uno no puede evitar preguntarse qué parte de sí mismo ha encontrado entre sus páginas. Por lo tanto, los invito a leerlo, a dejarse arrastrar por su escritura inquietante, y a descubrir —como los personajes de Santana— que las obsesiones no siempre son una condena, sino también una forma de conocimiento propio. 

Fotografía: Sergio Orozco

Sergio Alexis Orozco Mendoza
sergio.orozco@academicos.udg.mx