Año 18, número 287

El viento,
ese viento que juega y que miente,
me dice al oído:
“No llorarás cuando ella se vaya,
cuando su corazón se apague
como una vela pequeña,
como un soplo que se extingue.”
Y yo, que soy hombre,
que no sé llorar (o que digo que no sé),
me lo creo.
Le creo al viento,
porque es más fácil creer que sentir,
porque duele menos pensar
que no pasará nada.
Pero ahora estás tú, madre,
en todas partes.
En la silla vacía
en la mesa que ya no se llena,
en la copa que no se levanta.
Estás en las cosas pequeñas:
en el hilo que quedó en la aguja,
en el pañuelo olvidado,
en el pan que ya no amasa a nadie.
Y yo,
tan solo
tan hombre
tan niño.
Te busco con las manos,
con los ojos
con el hambre de quien sabe que no te encontrará.
Te busco y no estás.
No estás, madre.
Dije que no lloraría,
porque los hombres no lloran,
porque los hombres son fuertes.
Pero, ¿cómo no llorar
cuando el mundo se desmorona
y la casa está vacía
y el aire pesa tanto?
Te fuiste,
como se va el sol en invierno,
como se apaga la lámpara cuando no hay
más
aceite.
Te fuiste así
callada,
como si no quisieras molestar.
Y me dejaste aquí
con un hueco en el pecho,
con las manos llenas de nada,
con un silencio que no sé llenar.
Pero las viejas brujas aún cantan por ti,
esas que saben de ausencias,
esas que entienden de pérdidas.
Susurran a la luna:
“Alma, despierta,
que aún hay flores para ti.”
Y yo quiero creerles,
pero no sé.
El cielo, madre
está vacío,
como tu silla,
como tus ojos antes del final.
Ahora el viento silba en mi pecho,
como si yo fuera una flauta rota,
como si yo fuera una casa sin puertas.
Y mi mente otra vez:
“No llorarás cuando ella se vaya”
Pero madre,
mi llanto no son lagrimas,
es esta pena que me crece en los huesos,
es esta sombra que me sigue,
es este poema que escribo
para que vuelvas
aunque sé que no puedes volver.
Flocito
Carlos Arnoldo Salcedo Mejía
car-noldo-2008@hotmail.com