Año, 18, número 293.

La pequeña computadora portátil abierta sobre la mesita de noche seguía ahí, inmutable, esperando que sus dedos comenzarán a teclear un nuevo escrito. Hoy definitivamente no podría. Había dormido de manera intermitente y tenía jaqueca, inapetencia y lo que los especialistas denominaban “indiferencia creativa”. Así que miró la pantalla blanca con una sonrisa de desdén y bajó suavemente el monitor. Hay días en que la inspiración no surge –se dijo- mientras se dirigía modorramente a la cocina pensando en la cenagosa tarea de alistar el desayuno.
Una escritora a la cual los bochornos post menopáusicos le impiden concentrarse a escribir. Ese debería ser un buen tema literario. ¿Por qué no contar acerca de los calores nocturnos, de los cambios de humor, de la resequedad en la piel, de los olvidos constantes, de los afectos perdidos, de los sueños latentes?. Los lectores deberían entender que la historicidad de la propia vida puede ser un material interesante.
La lluvia la sacó de su ensimismamiento. Las gotas azotaban con fuerza las ventanas, discurrían por el techo y tamborileaban sobre los baldes de lámina del patio, generando divertidas y desacompasadas sonoridades. La tormenta cobraba fuerza. Descorriendo un poco la cortina de la sala, observó a los transeúntes que corrían buscando escapar o al menos protegerse del diluvio bajo las cornisas de las edificaciones vecinas. No todos lo conseguían y a varios las frías lágrimas celestes los alcanzaban en sus rincones más escondidos, haciéndoles contorsionar involuntariamente.
Una parvada de chiquillos situados a media calle había descubierto el secreto de la felicidad. Reían alborozados cuando el aguacero inundaba sus rostros y sus cuerpos, sumergiéndolos en una sinfonía líquida. Saltaban sobre los charcos, embebidos en la fortuna de sentir las gotas heladas, esas que calan hasta los huesos.
En un arrebato emocional, la dama abrió la puerta principal y salió a la calle, dirigiéndose hacia los chavales. Éstos, intrigados por la intromisión, detuvieron su alegre bulla mientras la observaban atentamente. Conforme se acercaba a ellos, sentía el peso de las miradas de los obligados espectadores en las aceras colindantes. La sexagenaria se detuvo junto a los escuincles justo en el momento en que arreciaba el chaparrón, empapándola de pies a cabeza. Sonrió entonces con picardía mientras les gritaba a todo pulmón: ¡la danza de la lluvia! agitándose exageradamente mientras los niños la rodeaban entusiasmados. Allí empezó a escribir su siguiente historia.
Jorge Arturo Martínez Ibarra
jorge.martinez@cusur.udg.mx