Año 18, número 296.

Diseño: Brisa Anzaldo

La noche anterior hubo truenos. Muchos truenos y relámpagos. Como estruendosos clamores que anunciaran una desgracia. Pero no llovió. Ni una gota de agua había caído en el valle. El amanecer fue nublado, casi oscuro. Y silencioso, muy silencioso. La algarabía de las chachalacas parecía haberse perdido detrás de los cerros. 

Tan…tan…tan… comenzó a tañer una de las campanas de la iglesia. El badajo se balanceaba lentamente, hacia adelante y hacia atrás. El sonido era pausado pero constante, rompiendo la monotonía de lo cotidiano. No era usual que sonase tan temprano. Ellos dejaron a los animales en las colinas y se dirigieron a toda prisa hacia el templo. Ellas cesaron de echar tortillas al comal y salieron de sus casas.

Tan, tan, tan… el acompasado repique se hizo más insistente. Ya de por sí era extraño, inquietante. ¿Qué pasaba? Los hombres, sucios del estiércol del potrero, con sus ajados sombreros y sus pantalones llenos de remiendos arquearon las cejas, intranquilos. Uno de ellos maldijo por lo bajo. Los demás se mantuvieron callados, expectantes.  De a poco iban apareciendo, una tras otra, las mujeres del maíz, con el desazón cubriendo sus rostros. 

¡Talan, talan, talán! El péndulo metálico golpeaba los bordes con tal fuerza, que parecía que el yugo o el asa en algún momento saldrían desprendidos. Ya había más de cien personas congregadas afuera de la pequeña capilla, que continuaba con las viejas puertas de madera cerradas, como si el miedo viniese desde adentro. No había sacerdote, solo estaba Julián el campanero, quién golpeaba los metales con la furia de un demente. Como si su vida fuera en ello.

¡Talán, talán, talán! El balanceo de la estructura de bronce era cada vez mayor, más amplio, más fuerte. Seguía llegando gente caminando, a caballo, en las mulas, en los burros. Los ancianos recordaban ese mismo momento hacía cincuenta, sesenta años atrás. Evitaban decir con palabras lo que expresaban sus ojos hundidos, llorosos.

¡Tolón, tolón, tolón! Una segunda campana, mayor que la primera, comenzó a repicar. Las dos campanas tocando al unísono en una macabra consonancia. La histeria colectiva se iba gestando como un torrente de piedras y troncos dirigiéndose al precipicio, para estrellarse y romperse en cien, en mil pedazos. 

¡Tolón, tolón, tolón! El escándalo de los metales golpeándose frenéticamente era ya insoportable. Se detonó entonces el pánico, diseminándose como un incendio en un maizal. Empezaron los gritos, los llantos, los lamentos, los rezos. Pero nadie se fue, petrificados por el hipnotizante y magnético sonido del campanar.

Repentinamente, volvió el silencio. Las campanas ahora estaban quietas, inmóviles, como aletargadas. Todas las miradas se dirigieron hacia Julián. Exhausto por el esfuerzo, había soltado las cuerdas atadas a las campanas y permanecía de pie, inmóvil, con la vista fija en el horizonte. 

Entonces, los escucharon. Los sonidos inconfundibles de los cascos de los caballos, retumbando en la arcillosa tierra del valle. Luego, los vieron. Igual que hace cincuenta, sesenta, cien años. Otra vez iban por ellos. Otra vez, tendrían que huir.

Jorge Arturo Martínez Ibarra
jorge.martinez@cusur.udg.mx