Año 18, número 292.

La serie documental Juan Gabriel: Debo, puedo y quiero nos muestra el proceso de su crecimiento como artista y como ser humano, explorando cómo ciertas decisiones pueden llevar a distintos caminos. Esta producción está dirigida por María José Cuevas, quien desde el inicio ha declarado que su principal objetivo fue dividir la vida del artista de la del hombre. Para ello, la obra se construyó recolectando más de 2.000 archivos con más de 900 horas de video, que el mismo artista dejó en vida, junto con otros pertenecientes a la filmoteca de la UNAM.
Estos videos, fotos e incluso audios fueron una clave esencial para la dirección de la serie documental, pero su naturaleza analógica presentó un desafío técnico. Un aspecto a considerar es el desgaste del material de archivo original, pues fue necesario darle un mantenimiento extenso para el formato de lanzamiento. Aunque los encargados (Roberto Zertuche y Luis Amauri Zertuche) eliminaron rayones o manchas para evitar molestias visuales, el metraje original, grabado con cámaras de 8mm, inherentemente conlleva una baja resolución que podría desafiar al ojo acostumbrado al 4K. No obstante, la serie conserva la esencia granulada de la imagen, logrando una textura más rica y visualmente atractiva para el espectador.
El uso de cámaras de 8mm es, de hecho, un elemento fundacional del relato, ya que eran la alternativa más viable para documentar la vida del artista en aquellos años. Estas videocámaras utilizaban rollos de película que solo permitían grabar entre 2 y 3 minutos por cassette, lo cual obligaba a una filmación deliberada y consciente, tal como quería el propio Juan Gabriel cuando mencionaba: “Yo soy muy tecnológico”. Sin duda, esta evolución en la imagen marcó un antes y un después en cómo se percibe la perspectiva humana; ahora la imagen es mucho más limpia, pero a costa de la textura de antaño.
Aunque han existido series previas que hablan del pasado del artista, tales como Hasta que te conocí, que recurren a la imagen actuada para reconstruir momentos históricos, esta docuserie ofrece algo que ningún actor puede simular: la fragilidad y pureza humana. El hecho de que sea el mismo artista quien grabó su vida le da un plus de credibilidad inigualable, permitiendo a la cámara mover a un segundo plano al ídolo para mostrarnos a Alberto convirtiéndose en padre. La serie contrasta su vida en el escenario con la del hombre que todos, o la mayoría, tenemos en casa.
La mayor fortaleza de la serie reside en su capacidad para revelar cómo fue prisionero de su propio orgullo, y cómo transmitía emociones universales como la tristeza o la soledad. Ningún actor podría mostrar la vulnerabilidad en su mirada al mar, esa búsqueda de algo en la inmensidad que el propio Alberto nos grabó, confiriendo a la imagen una verdad emocional que es la esencia de esta producción. En entrevista con Fósforo UNAM, la directora María José Cuevas refuerza este concepto: “Me tocaba hacer el retrato de un personaje que no estaba vivo y que tuve la fortuna de conocer a partir de los videos que él nos dejó para contar su historia. […] Nos quedaba claro que teníamos que contar esa historia, pero el gran tesoro que teníamos era que la íbamos a contar por primera vez a partir de sus archivos personales, en donde está él.”
Al considerar que conocemos a alguien por medio de la construcción social, determinamos que lo sabemos todo de aquella persona. Vemos desde la perspectiva del ojo crítico, pero se nos olvida que la fragilidad humana existe hasta para un artista de talla internacional como lo fue el divo de Juárez. Esta serie nos invita a ir más allá del mito, a buscar la verdad de Alberto para entender la magnitud de Juan Gabriel.
Karina Marcela Avalos Rincón
karina.avalos7102@alumnos.udg.mx