Año 19, número 295.

Diseño: Wendy Alejo

Entrar a la universidad es uno de los cambios más grandes en la vida de muchas personas. Sin embargo, para quienes deben dejar su hogar y mudarse a otro lugar para estudiar, esta etapa se convierte en todo un reto. A los estudiantes que se ven en la necesidad de desplazarse de su lugar de residencia para poder continuar con el programa de estudios de su interés, se les reconoce dentro de la comunidad universitaria como foráneos.

A diferencia de quienes permanecen en su entorno familiar, los estudiantes que se mudan enfrentan un doble proceso de adaptación, ya que estudiar lejos de casa no solo implica adaptarse a la vida académica, sino también enfrentar una serie de ajustes personales, emocionales y sociales; por un lado, deben responder a las exigencias académicas de una nueva institución, con reglas, dinámicas y expectativas distintas y por el otro, el cambio de residencia exige aprender a vivir con mayor autonomía, administrar el tiempo, los recursos, y tomar decisiones cotidianas sin el apoyo inmediato de la familia o de las redes cercanas.

Por tanto, este proceso va mucho más allá de mudarse a otro lugar. Significa separarse de la familia y los amigos, dejar atrás vínculos importantes, adaptarse a nuevas costumbres y, muchas veces, volver a construir la propia identidad en un entorno distinto. Esta experiencia puede generar emociones como la nostalgia, la incertidumbre o un estrés constante, especialmente durante los primeros meses de la vida universitaria, situación relacionada con el ajuste psicológico. Estas respuestas emocionales, lejos de ser expresiones de debilidad, se configuran como respuestas adaptativas ante una etapa de cambio profundo. 

Frente a este escenario, mantener el equilibrio entre la vida personal y los estudios es un reto para todo el alumnado, pero para el estudiante foráneo, la estabilidad emocional es tan importante como su capacidad intelectual.  Fortalecer las herramientas emocionales facilita la adaptación a la vida universitaria, permitiendo enfrentar los retos cotidianos con mayor seguridad e impulsando, al mismo tiempo, el desempeño en las aulas. Al respecto, diversos estudios, entre ellos la revisión de Redondo Mendoza y Zapata Rueda, señalan que el manejo adecuado de estas emociones se asocia con un mejor equilibrio entre las exigencias de la carrera y el bienestar personal.

Ahora bien, el estrés no depende únicamente del entorno, sino también de la manera en que lo percibimos y evaluamos. Sandín y Chorot proponen que el impacto de las situaciones críticas depende de las herramientas con las que se cuenta para enfrentarlas. En la vida universitaria, y particularmente en quienes estudian lejos de casa, es común sentir que las exigencias superan los recursos disponibles. Cuando esto sucede, el bienestar emocional y social, es decir, la calidad de las relaciones y el sentido de pertenencia al nuevo entorno, pueden verse afectados.

Citando a Bisquerra en este contexto las competencias emocionales adquieren un papel fundamental, ya que permiten reconocer los sentimientos, regular las emociones, relacionarse de manera saludable con otras personas y tomar decisiones que favorezcan el bienestar. Dichas habilidades no son innatas, sino que pueden aprenderse y fortalecerse a lo largo de la vida, y su desarrollo se ha relacionado con una mejor adaptación a situaciones de cambio y con mayores niveles de bienestar personal.

Aunque la experiencia de estudiar lejos de casa es cada vez más común en la educación superior, sigue siendo una realidad poco visible. Según los indicadores de la Secretaría de Educación Pública, la movilidad estudiantil ha tenido un aumento significativo en la última década; mientras que en el ciclo 2012-2013 se registraban poco más de 143 mil alumnos de nuevo ingreso en condición de migrantes, para el periodo 2023-2024 esta cifra superó los 216 mil jóvenes. Pese a este crecimiento, la atención sigue centrada en las métricas académicas, dejando de lado el complejo proceso de adaptación emocional que estos miles de alumnos enfrentan al mudarse.

A pesar de este crecimiento, esta falta de mirada integral puede hacer que muchos estudiantes transiten el proceso prácticamente por su cuenta, apoyándose solo en sus recursos personales y en su círculo cercano. Por ello, comprender la experiencia universitaria implica ir más allá de las calificaciones y considerar el equilibrio emocional, las redes de apoyo y las herramientas para enfrentar el estrés. En este camino, que muchos transitan en soledad, fortalecer las habilidades socioemocionales deja de ser un complemento para volverse un recurso fundamental. Acompañar al estudiantado foráneo en su proceso de adaptación resulta clave para cuidar su salud mental, su calidad de vida y construir espacios universitarios más humanos, comprensivos y sensibles a su realidad.

Finalmente, a quienes hoy estudian lejos de casa, vale la pena recordarles que lo que sienten es parte del proceso. Extrañar, dudar o sentirse abrumados no significa que estén fallando, sino que están atravesando un cambio profundo. Pedir apoyo, construir nuevas redes y cuidar la propia salud emocional es tan importante como cumplir con las tareas o aprobar los exámenes. Aprovechar los espacios de acompañamiento que ofrece la institución, como tutorías, orientación psicológica o actividades de integración, organizar el tiempo y solicitar ayuda cuando sea necesario son acciones sencillas que pueden marcar una diferencia real en la adaptación y en la calidad de vida. 

La experiencia universitaria también se construye en comunidad. Si en el aula hay un estudiante foráneo, pequeños gestos pueden facilitar su integración: incluirlo en los equipos de trabajo, compartir información práctica, escuchar sin juicios y mostrar disposición para acompañar. Reconocer que atraviesa un proceso de ajuste y ofrecer un entorno respetuoso y solidario contribuye a crear espacios más humanos para todos.

Diana Herrera García  
diana.herrera9182@alumnos.udg.mx