Año 18, número 298.

Diseño: Tirza Olvera

El viejo instrumento contaba con un amplio recorrido por un sinfín de escenarios, presentándose en diferentes foros y ante diversos públicos alrededor del mundo. Si bien su principal función era el soporte armónico, tuvo entrañables instantes de protagonismo melódico de suma profundidad y belleza, generando en más de una ocasión lágrimas en aquellos que lo escucharon, cautivando hasta a sus propios ejecutantes. Como a Stephan, ese tímido y rubio chelista sueco integrante de la Orquesta Sinfónica del Estado, al cual cada nota lo transportaba a su infancia en Malmö. 

Sus cuerdas cambiadas una, dos, cincuenta veces, aún emitían un sonido lo suficientemente grave para detonar nostálgicos recuerdos, mientras que sus agudos tonos llenos de pasión continuaban elevando el espíritu.  Cada frase musical emanada de su robusto cuerpo parecía contar una historia llena de emociones: dolores, pérdidas y vibrantes alegrías.

Después de un largo caminar, poco a poco había sido olvidado. Una vieja tienda de antigüedades en el centro de la ciudad, era ahora su refugio. El chelo, recién aceitado y pulido, reflejaba los rayos de luz que entraban por la ventana principal del establecimiento.

Así fue como lo encontró Marcela, esa chavala mitad artista y mitad soñadora. Amor a primera vista. Cuando lo vio, sin pensarlo mucho traspasó la entrada, al tiempo que un solícito vendedor la recibía amablemente con un cortés y estudiado: “¡Buenas tardes!, ¿en qué la puedo servir?”. Como única respuesta, ella se dirigió presurosamente hacia el instrumento. Ya juntos, procedió a estudiar sus rasgos: la estabilidad del clavijero, la firmeza del puente y el cordal, la resonancia, el equilibrio de la pica, la calidad del arco. Fue atenta y minuciosa con cada detalle. Al final, convencida, lo adquirió. 

Lo cubrió con una funda de nylon, abrazándolo hasta llegar a su auto, un viejo Tsuru 98 que todavía conservaba parte de su encanto. No, no lo colocó en la cajuela, hubiera equivalido a denigrarlo. Lo ubicó en el asiento del copiloto, como si fuese un viejo amigo. Arrancó mientras comenzaba a dialogar en monólogo con su nuevo huésped-colega-camarada, comentándole las vicisitudes de su vida, su encuentro con la música y sus desencantos con la familia, con los trabajos, con las parejas. 

Llegó a su destino, una pequeña galería-restaurante-café con luces cálidas, cuadros y fotografías en las paredes y mesas de cuatro asientos distribuidas uniformemente. A la distancia, sobre un reducido escenario, sus tres músicos-soñadores-compañeros la saludaron con familiaridad y luego, acercándose, la abrazaron efusivamente como señal de camaradería bohemia. Marcela desenfundó el estuche que cubría al nuevo integrante del colectivo y lo presentó a los demás. Aplausos y vítores le dieron la bienvenida al recién llegado. 

El resto de los integrantes de la banda permanecían impasibles, esperando iniciar con el ensayo. Entonces, la magia comenzó. La batería rompió el mutismo, marcando enérgicamente un improvisado ritmo. De inmediato se sumaron las entusiastas notas del piano. Del saxofón surgió un penetrante y profundo grito. Fue entonces su turno: el violonchelo viajero ahora tocaba jazz, la música libre.

Jorge Arturo Martínez Ibarra
jorge.martinez@cusur.udg.mx