Año 18, número 307.

Diseño: Tirza Olvera.

Su tímida sonrisa no ocultaba la incomodidad que lo acompañaba a todas partes y que cargaba siempre, como un pesado fardo mojado. A pesar de tanta gente con la cual se entrecruzaba diariamente en la gigantesca metrópoli, prefería sentirse ignorado, invisible. 

Durante sus traslados en el transporte público, invariablemente utilizaba un par de enormes audífonos para evitar cualquier interlocución circunstancial. Con su música y sus podcast construía sus propias historias. Caminaba lenta y pausadamente entre aquellos que charlaban sentados en las bancas del parque o degustaban un café en las aceras del Centro Histórico.

En su trabajo su eficiencia rayaba en la perfección, haciéndolo sumamente impopular para el resto de sus compañeros. Obsesivo. Depresivo. Así lo habían diagnosticado. Era un observador minucioso y analítico del entorno, lo cual incomodaba, siempre, a más de alguno. 

Feroz crítico social. Inteligente, brillante y apasionado. Sarcástico. Ávido lector e imaginador incansable, recolector de leyendas, creador de mundos infinitos. Cuestionador incómodo. Antisocial. Disfrutaba la soledad de su personal universo, donde encontraba respuestas a sus múltiples e inacabables preguntas. 

En una ocasión, cuando joven, lo pretendió compartir. Intentó hablar desde adentro, desde muy adentro. Pero generó burlas. Rechazo. Incomprensión. Entonces decidió guardarlo, escondiéndolo como un fetiche. No valdría la pena intentarlo de nuevo.

En uno de sus días lluviosos ella lo encontró, mirándolo desde lo alto de una barda con sus profundos ojos castaños llenos de anhelos. Él la observó por unos segundos y continuó caminando, impávido. Al pasar a su lado, ella maulló lastimeramente. Entonces, él se detuvo. 

Lentamente y con recelo acercó su mano a la gata. Ésta le respondió restregándose alrededor de su muñeca y ronroneándole placenteramente. La tomó con delicadeza y comenzó a examinarla, cuidadosamente. Era pequeña y frágil. Quizás no mayor a los tres meses de edad. Estaba asustada y hambrienta. Cojeaba de una pata y tenía una reciente herida en el lomo. 

La colocó con cuidado en su mochila y retomó el trayecto a casa. La diminuta felina, exhausta, durmió durante todo el recorrido. Despertó cuando él encendió la luz y la colocó en el piso de la cocina. Suavemente, le acercó una lata de atún. Ella, en instantes, terminó con el contenido. Luego, ya relajada, se relamió los bigotes con satisfacción y comenzó a acicalarse su sucio y opaco pelaje, intercalando miradas con su rescatador. 

Se observaron larga y profundamente. Contemplándose. Estudiándose. Comprendiéndose. Descubriendo que eran entidades similares. 

A partir de entonces, la pequeña tigresa se convirtió en su permanente compañía, con su cercanía y su lejanía constantes. Sus acrobacias desescombraron risas olvidadas y su incondicional afecto le otorgó otro sentido a su vida. 

Aprendieron a soñar juntos, como un papalote elevado al viento. Y la sonrisa en la cara de él permaneció por más tiempo, como un cigarrillo que se niega a apagarse. 

Esperanza. Así la nombró.

 Jorge Arturo Martínez Ibarra
jorge.martinez@cusur.udg.mx