Año 18, Número 292.

No hay mayor cosa que dañe la economía de un fanático a la literatura que visitar una librería. Sin embargo, hay ocasiones en las que es más que justo y necesario comprar un libro, o dos, quizás tres, cuando se trata de ciertos ejemplares no se suele tener autocontrol. El único límite que existe al momento de comprar es el dinero, ese sistema financiero capitalista al que estamos sometidos y nos limita a decantarnos por uno u otro y no por ambos. Este año, al igual que el pasado, no salí de vacaciones ni por Navidad ni por año nuevo, por ello decidí hacer un viaje a Guadalajara con la única finalidad de comprar unos libros que tenía tiempo queriendo en mi biblioteca personal.
La verdad es que pude haberlos pedido en internet, pero a los que nos gustan los libros sabrán que la experiencia de hojear, oler y leer la contraportada no tiene comparación. Para aguantar el trayecto de poco más de dos horas de Zapotlán a la capital del estado, decidí leer el último libro de Alejandro Von Düben Oh capital, mi capital. Antología de autorxs anónimxs e improductivxs (2025), publicado por la editorial independiente Malayerba.
Tuve dos grandes sorpresas al tomar el libro. La primera es que la editorial se suma a una lista de editoriales independientes nacidas en Zapotlán y que está a cargo de Jaime Jordán Chávez, uno de los poetas zapotlenses que más ha dado de qué hablar en los últimos años y que con este proyecto trata de dar visibilidad y espacio a poetas jaliscienses. Mi segunda sorpresa es que Von Düben nos trae un poemario divertido y al mismo tiempo crudo. A través de sus tres apartados nos va empujando en una especie de tornado de pensamientos que nos pone a razonar acerca de ser un espíritu libre, pero al mismo tiempo tener cuentas qué pagar.
En el primer apartado “Oficio de vida”, enfrentamos al poeta, queriendo y no, desear poseer dinero. Desde el inicio la voz entra en la disyuntiva de seguir escribiendo versos, de ser libre, pero es detenido de golpe ante el poder del capital porque tiene cosas que pagar, la vida lo obliga a ser lo que hoy hemos llamado “humano funcional”. El poeta comprende de una forma cruel que el brillo, la belleza y el poema no es una moneda de cambio, y que si estuviera en sus manos, convertiría esto en monedas para poder gastarlas, invertirlas y seguir escribiendo poemas, pero este sueño es imposible. Hay unos versos que quizás pueden resumir este apartado y son “porque escribí y me muero por mis cuentas” y “pero para hacer fuego no basta la palabra”. El poeta sucumbe al capital y deja morir al soñador.
“Temporal de trabajo” es el segundo apartado y de alguna manera es el más desanimador. Si pensamos el libro como una historia lineal, aquí el poeta del inicio consigue un trabajo y más que encontrar felicidad, choca con la dura realidad de vender su tiempo en algo que no le satisface a cambio de dinero (aquí el autor lo ve como una especie de prostitución). En el primer poema, el poeta mendiga un trabajo durante una entrevista: “para ser honesta necesito el dinero como Jesucristo su corona de espinas”, pero como van pasando las páginas, los poemas y el tiempo, este apartado termina de una forma cruel. Nuestro poeta comprendió que el trabajo no lo es todo y razona: “por ganarme la vida perdiendo el tiempo he olvidado las formas de las nubes”.
El tercer y último apartado “El valor de la producción” nos presenta personajes los cuales aceptan su realidad pesimista en la que las cosas materiales, carnales y fármacos son las únicas cosas que los mantienen en pie. En este apartado, a comparación del pasado, ya no hay una aspiración de poder salir del capital, sino que hay una completa y total resignación. Aquí la soledad y la materialidad de los personajes es más palpable porque ya comprendieron que el capital los ha consumido, a tal punto, que no se conciben fuera de él.
Al llegar a la librería deambulé por cada uno de sus pasillos y hurgue en cada estante, pero en todo momento estuvo presente el poemario de Alejandro y comprendí que algunas cosas que nos hacen felices también dependen del dinero. Por ello, a partir de ahora, llevaré como mantra su antepenúltimo poema que dice: “el dinero es temporal repito en mi mente y como una oración de un ateo mientras deseo muerdo y pago el precio de las manzanas prohibidas”. Porque para un lector, aunque el libro sea caro, siempre se tienen que hacer sacrificios para obtener lo que se desea.
Héctor Israel Rodríguez
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