Año 18, número 294.

El origen campesino de Arnulfo se veía en sus ojos color desesperanza, en su piel tostada, ensu pelo lacio, en su recio andar, en su mirada desconfiada, dura y esquiva. Había nacido en la Sierra de Juárez, en Oaxaca, donde el Benemérito de las Américas. Creció como muchos otros sembrando maíz, frijol y calabaza mientras veía pasar la vida lenta, perezosa, como olvidándolo.
Un día se detuvo en cerca de su caserío una partida militar en busca de comida y agua. Arnulfo fue a su encuentro para acordar los insumos y el pago de los mismos. Gallinas, tortillas, frijoles, huevos, una chiva y dos borregos fueron decomisados en nombre del estado. Total decía el sargento con voz recia y talante altanero- estamos aquí para protegerlos. Ni que discutir.
Los soldados se movían como una manada. Como una máquina precisa y exacta. Se le figuraban como el tractor arando el surco, rastrillando una y otra vez. Sus largas armas parecían extensiones de sus cuerpos, siempre junto a ellos como cuidándolos, como poseyéndolos.
Cuando comían masticaban con desgano, en silencio, conversando con sus propios pensamientos. De vez en vez tomaban unas pequeñas pastillas blancas y redondas con tragos largos y acompasados de sus sucias cantimploras llenas de alcohol, “para aguantar la chinga” decían. Por la noche se agrupaban y al campamento lo rondaban en vigilia tres o cuatro de ellos quienes fumaban cigarrillos sin filtro, percibiéndose a la distancia como pequeños tizones encendidos.
Pero el resto no dormía. Se recostaban y permanecían con los ojos abiertos por horas, escudriñando la nada. Miraban al vacío y recordaban a los muertos, a sus muertos y a los otros muertos que abatieron y dejaron tirados allá, para que se pudran y se los coman los zopilotes, los coyotes, los gusanos.
Por eso no duermen, porque si cierran los ojos vuelven a sentir las balas zumbando como tábanos cerca de su cabeza, de sus brazos, de sus piernas. Escuchan de nuevo las maldiciones del capitán diciendo: ¡tírenles cabrones, no le saquen!.. Y perciben el chispazo de las armas de su enemigo cuando sale catapultada la munición, buscando donde incrustarse.
No han olvidado que hay otra vida, otras vidas distintas a ésta. Pero por ahora está lejos, muy lejos.
Jorge Arturo Martínez Ibarra
jorge.martinez@cusur.udg.mx