Año 18, número 275.

Alguna vez, mi amigo Miguelito —habitante de otro planeta— me platicó que allá la gente se preocupa por todo. No quisiera distorsionar la historia, así que me he permitido transcribir su relato tal cual me lo compartió en aquella ocasión.
—¿Y si se me olvida lo que iba a decir? ¿Y si piensan que no sé nada? ¿Y si pierdo esa oportunidad? ¿Y si…? ¿Y si…? ¿Y si…? Y sí, así vivimos allá en mi planeta, llenando nuestra mente de los “y si”. Dedicamos tanta energía que terminamos convenciéndonos de que realmente algo “malo” y “tenebroso” va a pasar, que no seremos capaces de conseguir lo que nos planteamos. Nos llenamos de temores y seguimos pensando —aun antes de que el acontecimiento se haya dado— que esa historia que nos creamos es verdadera.
Muchas veces preferimos evitar lugares, personas o cosas con base en lo que nuestra maravillosa mente creativa ha imaginado. En muchas otras ocasiones, incluso cuando estamos ahí —en ese lugar, con esa persona o enfrentando esa situación— ese monstruo llega directo a acosarnos.
Entonces las palpitaciones de nuestro corazón aumentan; nuestras manos tiemblan y sudan; nos duele la cabeza; nos mordemos las uñas; nos rascamos; y en nuestra cabeza el acosador está trabajando más que nunca, generando cada vez más y más pensamientos. A veces, la voz se vuelve temblorosa y las palabras se olvidan —tal como el acosador interno lo había decretado—. En ocasiones, el acosador consigue nublar nuestra vista, haciéndonos sentir un fuerte mareo que puede terminar en vómito o desvanecimiento.
En fin, todo termina horrible, un auténtico y verdadero caos. Así que nos convencemos de que no somos capaces y dejamos de intentarlo… Y colorín colorado, los intentos de un Miguelito brillante se han terminado. Jamás descubrirá su verdadero potencial, porque el acosador logró demostrarle que, sin importar lo que haga, siempre aparecerá para nublar la claridad de su mente. Y sí, así se vive en mi planeta, con un acosador que no se ve, pero se siente…
Yo me quedé maravillada cuando escuché tal relato. ¡Qué complicado debe ser vivir en el planeta de los Miguelitos! Afortunadamente, esto no sucede en nuestro mundo… Eso es solo una historia que alguna vez Miguelito me compartió mientras estuvo de intercambio en el CUSur, y me pareció muy interesante cómo los habitantes de su planeta pueden llegar a pensar tanto que terminan por dañarse a sí mismos.
Entonces empecé a analizar la situación y me di cuenta de que lo que les pasa allá es que temen a lo desconocido, que se preocupan demasiado por cosas que no han pasado. Me pregunté si, de casualidad, allá les enseñarán a identificar sus emociones desde que están en preescolar, y si los Miguelitos adultos serán capaces de saber cómo se sienten.
Recuerdo que aquella charla con Miguelito fue muy productiva, porque empezamos a proponer una serie de soluciones para implementar en su planeta una vez que regresara de su intercambio. Porque sí… se vale soñar.
Después de mucho pensar, coincidimos en que es fundamental implementar la educación emocional. Como en el aprendizaje de cualquier otra disciplina, primero es necesario dominar la teoría para poder empezar a aplicar la práctica.
Por lo tanto, es muy importante empezar por algo tan sencillo como conocer las emociones básicas y su función, ya que ninguna es mala o buena, ni positiva ni negativa; simplemente son adaptativas y permiten el funcionamiento de la persona según la situación y el contexto.
La alegría, por ejemplo, genera motivación y llena de energía. El enojo impulsa a la resolución de problemas y al establecimiento de límites. La tristeza conduce a la reintegración, aumenta el autoconocimiento y da ese empujoncito que a veces hace falta para pedir ayuda. El asco previene que nos acerquemos a situaciones, personas o cosas desagradables que podrían dañarnos. La sorpresa incrementa los niveles de atención y permite aprender con rapidez. Por su parte, el miedo actúa como una alerta ante la presencia de un riesgo real y comprobable, ayudando a que podamos huir o defendernos.
Entonces, se nos ocurrió que, para el planeta de los Miguelitos, sería útil que en todas las escuelas se empezara por enseñar que las emociones tienen una función. Una vez entendido esto, sería más fácil aprender a identificar en qué momento una emoción deja de ser adaptativa y se convierte en dañina.
Por ejemplo, el miedo nos hace reaccionar ante peligros reales e inmediatos, como un accidente o un desastre natural. En cambio, la ansiedad, aunque se parece, está originada en situaciones que son producto de la imaginación, de las cuales no se tiene certeza de que puedan ocurrir.
Sentir miedo durante un temblor en Ciudad Guzmán es de lo más normal; nos encontramos en zona sísmica y corremos un peligro real. Pero si, después del temblor, no podemos dejar de pensar en que puede pasar lo peor y ni siquiera podemos conciliar el sueño, eso ya no es miedo: es ansiedad, es el acosador dando vueltas en nuestra cabeza.
Ojalá esta información algún día llegue a los Miguelitos. Me encantaría que pudieran tener herramientas sencillas para reconocer sus emociones y vencer a ese “acosador interno”. Tal vez así puedan vivir en paz y con menos inseguridades.
Lo primero que tienen que saber los Miguelitos es que la imaginación es capaz de crear mundos que no existen. Y que el cerebro es incapaz de distinguir entre realidad y fantasía. Así que, si le contamos historias como la de “No puedo, soy un inútil, no sé y no me va a salir”, el cerebro va a creer semejante cuento y se va a comportar como si fuera cierto…
Por lo tanto, el primer paso para derrotar al acosador es cacharlo haciendo de las suyas. Debemos aprender a escucharlo y saber cuándo nos grita cosas como: “¿Y si no puedo? De seguro van a pensar que soy de lo peor”.
Al inicio, puede ser útil anotar esos pensamientos en una hoja. Si tú eres un habitante del planeta de los Miguelitos, te invito a hacer el ejercicio ahora. Toma un papelito de reciclaje y anota un pensamiento que tu acosador te haya enviado últimamente. Escribe todas las evidencias que tengas a favor y en contra de esa idea.
Una vez con las evidencias, intenta crear una manera alternativa de pensar, una que sea más realista. Por ejemplo: “Tal vez no podré a la primera, eso no importa porque estoy aprendiendo, y si lo sigo intentando, lo voy a lograr”. Ahora, anota las consecuencias de pensar de esta nueva forma. Por ejemplo: “Sentirme con mayor tranquilidad y motivación para seguir aprendiendo e intentando”.
Por último, pregúntate: si fuera cierto lo que piensas, ¿dónde está escrito que debe de ser así? y ¿qué sería lo peor que podría pasar?
Si lograste realizar adecuadamente este ejercicio, te darás cuenta de que no todo es tan escabroso como parece y que es posible encontrar soluciones alternativas. Si conseguiste entenderlo, permíteme informarte que el acosador interno ha empezado a caer. Sin embargo, es demasiado fuerte y rígido, por lo que debemos practicar este ejercicio diariamente hasta que seamos capaces de hacerlo mentalmente, sin necesidad del papelito.
Recuerdo que mi amigo Miguelito me contó que allá en su planeta, cuando alguien se quiere librar de algún Miguelito, hacen algo a lo que le llaman “dar el avionazo”. Yo creí que de verdad un avión se estrellaba, pero no, esa técnica migueliana consiste en ignorar por completo lo que les están diciendo y hacer como que prestan atención, cuando en realidad están distrayéndose con otra cosa.
Así que vamos a usar “el avionazo” para terminar de derrotar al acosador de la ansiedad. Cuando llegue con sus pensamientos catastróficos y poco probables, lo que hay que hacer es “darle el avionazo”: distraer la mente, haciendo lo que realmente se necesita hacer en el momento.
Acá en la Tierra hay una técnica muy parecida, a la que las y los psicólogos llamamos “DROP”. En realidad, es un acrónimo que significa Detente, Respira, Observa y Prosigue. Consiste en hacer justo eso:
Detenerse y dejar de hacer lo que se está haciendo.
Respirar profundamente para hacer contacto con la realidad y el momento presente.
Observar para darse cuenta de lo que está sucediendo, tanto adentro como afuera, reconociendo las sensaciones que hay en nuestro cuerpo, las emociones que se desprenden de esta manera de pensar, y cómo nos gustaría actuar; haciendo una reflexión acerca de las consecuencias de comportarnos de esa manera.
Una vez que hemos hecho contacto con la realidad y hemos observado cuidadosamente, podemos proseguir con las tareas cotidianas.
Existen muchas técnicas y herramientas que nos pueden ayudar a bajar los niveles de ansiedad y estrés. Sin embargo, requieren de entrenamiento, tiempo y esfuerzo, así como de cambios graduales.
Si me volviera a encontrar a mi amigo Miguelito y me pidiera ayuda porque las cosas en su planeta no mejoran, le sugeriría implementar estas técnicas. También le diría que, si estas no bastan, entonces no hay que dudar en buscar ayuda profesional. Sé muy bien que acá en la Tierra es algo muy normal; sin embargo, allá con los Miguelitos es un tema muy delicado. Creen que solo los Miguelitos “locos” y “enfermos” van a psicoterapia y se burlan de quién asiste.
Por eso, vale la pena dejar claro que la psicoterapia no es para “locos”, es para valientes. Es un espacio de autoconocimiento en el cual la persona trabaja en conjunto con el psicoterapeuta para descubrir y generar sus propios recursos, fortalecerlos y usarlos de una manera más funcional. No se trata de regaños ni de consejos, mucho menos de juicios. El terapeuta no tiene una bola de cristal para ver el futuro, no da soluciones mágicas, sino que te acompaña como guía para que puedas construir las tuyas.
Y aunque en nuestro planeta ideal todas las personas ya han tenido la oportunidad de vivir su proceso psicoterapéutico y ninguna sufre de ansiedad o depresión, sabemos que la realidad es otra.
Incluso en espacios como el CUSur, donde se procura el acompañamiento, no siempre se alcanza a cubrir a toda la comunidad. Por eso, dejo aquí el directorio de psicoterapeutas de la región, elaborado por la Coordinación de la Licenciatura en Psicología:
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Puede ser útil en caso de que, algún día, alguien se tope con un Miguelito que esté luchando solo.
Y si ese Miguelito resulta estar más cerca de lo que pensabas, quizá también sea momento de tenderle la mano… aunque sea la propia.
Porque sí, muchas veces nos ocasiona ansiedad el hecho de reconocer que necesitamos ayuda, y aún más ansiedad el iniciar un proceso terapéutico.
Solo recuerda: Detente, Respira, Observa y Prosigue.
Hay un profesional esperándote, listo para ayudarte y sin intenciones de juzgarte.
Andrea Leticia Barajas Montes
andrea.barajas5968@alumnos.udg.mx