Año 18, número 288

Diseño: Mia Luna

Una de cada diez personas que experimentan una pérdida puede desarrollar el trastorno de duelo prolongado.

Creo que nunca había experimentado el duelo o, al menos, no sabía lo que era, así que lo busqué en internet.

El duelo es el proceso emocional y psicológico de afrontar una pérdida significativa, generalmente la muerte de un ser querido, aunque también puede referirse a otras pérdidas que alteran nuestra sensación de normalidad. Es una respuesta natural y universal que implica dolor, aflicción y tristeza, y que requiere tiempo para adaptarse a la nueva realidad”.

Creo que experimenté pequeños duelos durante una parte de mi vida por la pérdida de mascotas que amaba tanto, pero el más duro de superar ha sido la pérdida de mi abuela.

7 de junio de 2022

Aún recuerdo estar con ella un día antes; se sentía débil y frágil como el pétalo de una orquídea. Recuerdo que ni siquiera podía levantarse para cambiarse y yo le ayudaba. Ese día me tenía que ir porque trabajaba en la noche. Le di un beso acompañado de un abrazo y le dije: “Todo va a estar bien, la veo mañana”. Ella, como siempre, con su sonrisa tan cálida, asintió con la cabeza.

Ese mismo día por la noche se la llevaron al hospital debido a su debilidad. Mi mamá se fue junto con mi hermana; yo me quedé. Recuerdo que fui con mi papá al Hospital Santa Cecilia. Aún me acuerdo de cómo sonaban las ambulancias y las sirenas de los bomberos y pasaban a toda velocidad. Eran como las dos de la mañana; una casa se había incendiado. Vi salir a mi tía y decir algo que me rompió en pedazos: “Los doctores dicen que no creen que aguante”. Solté en llanto. Mi tía me abrazó fuerte. En ese punto, eran las 2:30 de la mañana. Mi papá me dijo que nos fuéramos. Yo no había visto a mi mamá desde la tarde, no sabía cómo estaba, cómo se sentía.

4:00 a. m.

Todo era silencio cuando de repente escuché que abrían la puerta de mi cuarto. Era mi papá, envuelto en lágrimas, algo raro en él, pues nunca lo había visto llorar. Sus palabras siguen retumbando en mi cabeza: “Doña Julia ya murió, hija”. Yo, que aún seguía dormida, no supe cómo reaccionar. No lo creía. Me dije a mí misma: “Sigo soñando, sí, debe ser eso”.

Enseguida solo escuché cómo temblaban las escaleras, como si alguien bajara a toda prisa, y los llantos de un dolor indescriptible: era mi mamá. En ese momento me di cuenta de que no era un sueño, de que algo estaba mal. Entró a mi cuarto, me abrazó y me dijo: “Mi mamá murió”. Mi madre, mi pobre madre. Yo podía sentir su dolor en ese abrazo que duró menos de treinta segundos. Yo no sé qué haría si ella se fuera de mi mundo, pero ella lo estaba experimentando: el no poder ver de nuevo a su propia madre, el no poder volver a sentir un abrazo suyo, ni reposar en sus brazos a llorar. No supe qué hacer. Solo me quedé quieta mientras veía a mi madre salir y caer en pedazos. Me cayó el veinte: ella se había ido. Lloré y lloré hasta que me quedé dormida.

Al día siguiente no sabía qué hacer, no sabía qué decirle a mi mamá. Yo perdí a mi abuela, el ser que más amaba, pero mi mamá perdió a su mamá, que era su mundo entero.

Ya en su funeral, todo eran lágrimas. Mi papá, mi hermana y yo recibimos su cuerpo en su casa. Cuando vimos ese cajón, todo estaba más claro. Decidimos abrir el ataúd para verla por última vez. Ahí estaba, pero ya no estaba esa cálida sonrisa con la que me despidió por última vez; solo era su cara con una expresión de nada. Se sentía como si no fuera ella. Me decían que me fuera a dormir, pero no podía. Tan solo cerraba mis ojos, la veía a ella, y empezaban a salir más lágrimas. Sentía que mis ojos se iban a reventar. Nunca en mi vida había llorado tanto, hasta el punto de quedarme sin más lágrimas.

Recuerdo que cuando ya la iban a enterrar empezó a llover. Mi prima empezó a secar su cajón con las manos. Aún recuerdo lo que dijo: “A ella no le gustaba mojarse”. Ese olor a tierra mojada… Luego, los rayos del sol salieron y me pegaron suavemente en mis mejillas. Sentí esa misma calidez, esa misma sensación de cuando ella sonreía. Sentía que ella de alguna forma estaba ahí con nosotros, acompañándonos. Yo lo sentía.

El Después

Pasaron los días y todo era diferente. El ya no escucharla llamarme, ya no sentir sus manos delgadas y frías, el no ver sus sonrisas cada vez que nos veía… todo era gris. Recuerdo las noches que pensaba en ella (y lo sigo haciendo). Escucho un audio cada vez que la extraño, era ella diciéndome: “No te enojes, hija, porque si te enojas te vas a hacer fea” (siempre me he enojado de todo). Es raro, a veces ya ni siquiera recuerdo su voz.

Volver a mirar ese pasillo por el que antes pasaba con su andadera, y ahora solo encontrarlo vacío, solo ver ese triste pasillo. Su andadera, arrumbada en una esquina de esa casa en la cual pasé la mitad de mi vida. El ver esas blusas floreadas, tan llenas de color cuando ella las usaba, y que ahora solo son simples blusas con flores; pareciera que ya no tuvieran color. Sus joyas, que parecían de oro cuando ella las lucía, ahora se ven como simples joyas de fantasía. Ella era el sol que nos iluminaba, ese arcoíris que llenaba de color todo, y el día que se fue, pareciera que todo eso se fue con ella.

Una vez era de madrugada. Yo seguía quedándome en su casa para hacerle compañía a mi abuelo. A ella no le gustaba que me durmiera tarde. Eran las cuatro de la mañana, y yo miraba una serie en el segundo piso de su casa. Recuerdo escuchar su voz llamándome: “Mía”. No sentí miedo, simplemente era ella diciéndome que ya era hora de dormir. Daría lo que fuera por volver a escucharla, pero no por un audio, sino en vivo.

Mi mamá lloraba y sigue llorando por ella. Es un sentimiento inexplicable, el sentirse perdida, porque perder a una persona con la cual tenías una rutina te destruye. Al día de hoy he experimentado más pérdidas igual de dolorosas. No sé si algún día dejaré de sentir esto, pero no quiero dejar de sentirlo, porque no quiero olvidar.

Así que sigo así, con este dolor que me consume cada noche, cada foto de ella, cada orquídea que veo. En cada una de esas cosas está ella y me consuela.

Te amé, te amo y siempre te amaré, Ama Julia, porque usted estuvo presente al principio de mi vida y yo estuve en el final de la suya.

Mia Yamit Luna García 

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