Año 18, número 295.

A Paco siempre le gustó la música. Quizás porque en su familia los cantos eran parte de lo cotidiano. En los frecuentes festejos familiares no podía faltar el grupo norteño, la banda sinaloense, el mariachi o el trío. Así creció, entre algarabía constante. Isidro, su anciano abuelo paterno, en cada tertulia recordaba a través de su vieja guitarra de Paracho, las canciones de Ferrusquilla, de José Alfredo Jiménez o de Cuco Sánchez. Con parsimonia, afinaba poco a poco hasta encontrar los tonos adecuados y, entonces, con una aguardentosa voz llena de todos los años, comenzaba a cantar, mientras el resto del clan le hacía segunda, entusiasmado.
Cuando tenía 11 años la tía Chela, hermana menor de su madre, lo invitó a cantar en el coro de la iglesia de San Bartolo. Ahí aprendió a escuchar con mayor detenimiento, a identificar las notas altas, las medias y las bajas, a tocar en la guitarra salmos y alabanzas. Más adelante, mientras estudiaba el bachillerato, se integró a una banda que interpretaba covers de rock en inglés en distintos bares y cafés de la ciudad. Comenzaba ahí su larga travesía.
Con el paso de los años su estilo desenfadado, su pelo largo, su risa fácil y el dominio del instrumento lo volvieron popular, reconocido. Dejó de tocar en sitios oscuros donde la baja calidad del sonido eclipsaba su virtuosismo y comenzó a colaborar con agrupaciones profesionales. Refinó su estilo, definiendo uno propio. Subió rápidamente, como la volátil espuma.
Ya maduro, acompañaba a reconocidos artistas en giras y conciertos, viajaba por el mundo, firmaba autógrafos. Resignificó a la música. Ya no era solo arte, era espectáculo. Era negocio. Su pasión por pulsar las cuerdas se había transformado en cifras, en ganancias, en apariciones televisivas, en fama. Su sonrisa había dejado de ser espontánea y natural, convirtiéndose en una estudiada mueca para las cámaras, para los fanáticos, para las disqueras.
En una ocasión, al finalizar un concierto en el Puerto de Veracruz, salió a caminar. Era casi la medianoche. Las opacas y amarillentas luces del malecón lo dirigieron hacia donde cuatro veteranos músicos vestidos de blanco, con sus rostros curtidos por el tiempo y sosteniendo en sus arrugadas manos una jarana, un requinto, un arpa y un violín interpretaban los acordes del inconfundible Son Jarocho, acompañados por el ágil zapateado de una pareja de bailarines sobre una tarima de madera. Era un ensamble espectacular que congregaba a un nutrido y animado contingente a su alrededor.
Paco sonrió apenas. Hacía mucho que no sentía la pasión que proyectaba ese grupo. Recordó entonces con nostalgia aquellas reuniones familiares en donde la música era alegría, festejo, encuentro. Y sacudió la cabeza, pensativo.
Terminada la última canción, se acercó al más longevo del cuarteto para felicitarlo tanto por su calidad interpretativa como por su contagiosa alegría. Agradeciendo el halago, el viejo músico tomó su mano entre las suyas y le dijo: “cada vez que toques, sonríe, así el alma siempre sabrá que estás contento”. Paco entonces recordó a su abuelo. Y comenzó a llorar.
Jorge Arturo Martínez Ibarra
jorge.martinez@cusur.udg.mx