Año 18, número 289

Diseño: Marcela Avalos

Luis siempre quiso ser el Ángel Gabriel en las pastorelas escolares. Sin embargo, su figura regordeta, su evidente miopía y la dificultad para aprenderse los diálogos más sencillos le arrebataron la oportunidad. La profesora escogió a Mario, un chiquillo con ara de ensueño, pecas y cabello rubio. La recepción de los padres de familia ante tal elección no pudo ser mejor: sonrisas de aprobación, lágrimas contenidas y aplausos en lo bajito.

A Luis le otorgaron el rol del diablito III, el que menos hablaba. Permanecía la mayor parte de la obra tras los demonios I y II y los pocos momentos en que se acercaba al proscenio eran para recorrer el escenario rápidamente de un extremo a otro. En los ensayos era el responsable de ayudarle a Mario con sus cambios de vestuario, de colocar la tramoya necesaria y de hacer los sonidos incidentales. 

El día del estreno su mente infantil azuzada quizás por los cuernos, la puntiaguda cola y el rojizo tono de su indumentaria le provocó una inesperada y traviesa sonrisa. Él sería el nuevo protagonista de la historia. Reescribió rápidamente el libreto en su cabeza y se preparó para la actuación de su vida. 

La obra transcurrió sin contratiempos y según el guión acordado. Sin embargo, previo al inicio del tercer acto, cuando el Ángel Gabriel lucha fieramente contra el Diablo Mayor, sucedió. Antes de que se diera cuenta, Luis le arrebató al héroe alado su espada y se posicionó de su capa, saltando al escenario afiebrado de emoción y dispuesto a todo con tal de ser visto. Los murmullos de desconcierto se escucharon en cuanto salió del ciclorama y apareció con arma en mano, dispuesto a luchar contra su igual. 

El Demonio Principal, visiblemente sorprendido solo atinó a mascullar: ¿qué estás haciendo, pendejo?. Luis titubeó. Rompió la cuarta pared observando atentamente al público que le devolvía la mirada, expectante. No duró mucho. Sonrió con malicia y se abalanzó sobre Lucifer mientras gritaba a todo pulmón: ¡ataqueeeen! ante lo cual los pastores instintivamente respondieron. La escenografía sufrió los primeros daños de la acometida colectiva, destruyéndose las montañas, los cielos y cayendo la estrella de Belén. El telón se desplomó al tiempo que los padres-espectadores se catapultaban hacia la trifulca. Antes del cierre total de las cortinas, claramente se escucharon las carcajadas del diablo traicionero, ahora convertido en paladín vengador.

Jorge Arturo Martínez Ibarra

jorge.martinez@cusur.udg.mx