Año 18, número 287

Imagen: Sofía Caro

Donde las montañas parecieran custodiar silenciosamente cada historia que habita entre sus calles, entre flores de cempasúchil, papel picado y el eco de versos dedicados a la memoria, el Centro Universitario del Sur celebró la 18ª edición del tradicional Festival de Día de Muertos, reafirmando su lugar como una de las actividades culturales más queridas y esperadas por la comunidad universitaria. Lo que nació como un sueño estudiantil, una semilla colocada por jóvenes de la Licenciatura en Desarrollo Turístico Sustentable hace ya casi dos décadas, hoy florece como un proyecto sólido, emotivo y profundamente significativo para la identidad del CUSur.

Desde las primeras horas del día, las flores de cempasúchil trazaban caminos que parecían susurrar viejas leyendas; los pasillos se llenaron de estudiantes con pinceles, cámaras, maquillaje y la emoción que solo la celebración de nuestras raíces puede despertar. El aire olía a papel picado, a ganas de crear, a celebración de lo que somos y de quienes ya no están. Talleres de grabado, pintura y creación de libros cartoneros se convirtieron en refugios donde las manos jóvenes moldearon la tradición con mirada fresca, mientras en el exterior el campus vibraba con música, risas, presentaciones artísticas y el paso delicado de Catrinas que parecían flotar entre la vida cotidiana.

La maestra Arely Guadalupe Ruiz Eufracio, presidenta de la Academia de Cultura, explicó con orgullo y calidez el corazón del festival: ofrecer un espacio donde los estudiantes no solo aprendan sobre la tradición, sino que la sientan, la vivan y la hagan suya. “La intención siempre ha sido fomentar el acercamiento a esta festividad como parte del patrimonio cultural de México, fortalecer la formación integral y brindar lugares de encuentro, expresión y sensibilidad”, compartió con emoción, recordando que este festival ha resistido incluso los años de pandemia, donde las ofrendas se trasladaron a los hogares y la memoria se sostuvo a través de pantallas, podcasts y creatividad a distancia.

Este año, el altar mayor guardó un sentido aún más profundo. Dedicado a las personas migrantes que han perdido la vida en su búsqueda de nuevas oportunidades, se convirtió en un espacio de reflexión y empatía. En silencio y con respeto, el altar recordaba que la muerte también habla de ausencias forzadas, de sueños suspendidos, de personas que partieron sin despedida. Bajo las velas y las flores, no solo se honró al que se fue, sino también al que luchó. Una ofrenda que dijo con fuerza que la tradición mexicana no es solo fiesta: también es memoria, conciencia y humanidad.

Entre actividades, el campus vibró con el talento universitario. El Panteón Literario y la Pasarela de Catrinas, concursos ya entrañables para el CUSur, reunieron creatividad pura. Los poemas ganadores hablaron de madres pérdidas, de amores que trascienden la muerte, de la nostalgia que a veces se vuelve arte. En la pasarela, estudiantes de distintas carreras cruzaron como Catrinas elegantes, sobrias, festivas y simbólicas, demostrando que la tradición también vive en la juventud que la reinterpreta y honra a su manera.

Este año, destacó la presencia de estudiantes del área de la salud, mostrando que la cultura atraviesa paredes de aulas y disciplinas, las ganadoras de la Pasarela de Catrinas, en primer lugar, Alejandra García Valdés de la Licenciatura en Medicina Veterinaria y Zootecnia; Segundo lugar, Daniela Munguía Flores de la Licenciatura en Cultura Física y Deporte; y, en tercer lugar, Ana Sugey López Vázquez de la Licenciatura de Medicina Veterinaria y Zootecnia. 

En el concurso literario, los poemas ganadores abordaron temas íntimos como la pérdida de seres queridos, destacando la fuerza emocional de sus autores, Los ganadores del panteón literario, en primer lugar, Carlos Arnoldo Salcedo Mejía; segundo lugar, Israel Gallegos Olguín; y tercer lugar, Zaira Guadalupe Méndez Morales, Todos ellos estudiantes o egresados de Letras Hispánicas.

El mercadito estudiantil ofreció pan, artesanías, detalles hechos con dedicación; el pintacaritas llenó de calaveras sonrientes los rostros jóvenes; el bici recorrido puso ruedas y movimiento a la celebración y la proyección de videominutos recordó que las memorias también viven en imágenes y palabras que se guardan para volver a nacer. La jornada, lejos de ser solo una celebración, se sintió como un abrazo colectivo a la identidad universitaria: un recordatorio de que estudiar también es cultivar cultura, sensibilidad y sentido social.

Para el CUSur, mantener vivo este festival es más que cumplir con un calendario: es sostener una promesa. Una promesa a las generaciones que lo iniciaron, a quienes lo continúan y a quienes lo vivirán en el futuro. Es honrar la riqueza cultural que nos construye como mexicanas y mexicanos, como jóvenes que sueñan y como comunidad que mira hacia adelante sin olvidar sus raíces. “Este festival es un compromiso”, dijo la maestra Areli Guadalupe, con el brillo de quien sabe que la tradición es un legado que se protege con cariño.

Y así, entre velas, flores, versos y pasos suaves de catrinas que parecieron bailar con la brisa, el CUSur celebró la vida recordando a la muerte. Porque aquí, en este campus rodeado de montañas, la memoria no se marchita: florece cada noviembre, encendiendo en cada estudiante la certeza de que recordar también es vivir. Una vez más, el Día de Muertos nos recordó que mientras haya quien ponga una flor, prenda una vela o escriba un poema, la tradición seguirá latiendo. Y en el CUSur, late fuerte.

Ariam Alejandra Simon Arias 

ariam.simon2226@alumnos.udg.mx