Año 18, número 286

Diseño: karely Preciado

En 1941 Jorge Luis Borges habría de publicar El jardín de los senderos que se bifurcan como una antología en cuyo interior se hallaba uno de sus cuentos insignia “La biblioteca de Babel”. Relato que describe minuciosamente la composición de un repositorio bibliográfico tan ingente y sempiterno que la vida humana no es suficiente para recorrerlo ni comprenderlo.

Tomando como punto de partida esta biblioteca, Steven L. Peck (1957) publicó en 2012 A Short Stay in Hell (Una estadía corta en el infierno): una novela corta de terror existencialcuyo título irónico advierte sobre la trama como una reinterpretación del infierno. En ella Soren ha muerto —un posible intertexto kierkegaardiano— y lo primero que descubre es que la “verdadera” religión es una con pocos adeptos en la Tierra, por lo que todos los no creyentes han de recibir un castigo para expiar su falta de fe en un espacio borgiano.

De este modo Soren pronto llega a una biblioteca que, inicialmente, puede parecer paradisíaca: ahora vive privado del deseo y la tentación, la muerte es temporal, y la comida y el agua nunca le faltarán, así como ha vuelto a una versión joven y sana de su cuerpo. Sin embargo hay un requisito para todos aquellos que deseen trascender de este infierno: deben encontrar entre los anaqueles aquel libro donde se relate su vida sin errores gramaticales. El problema es que el Creador —quien no sólo rige el cielo sino también su opuesto— ha tomado inspiración de Borges y en los libreros yacen todos los textos que pudieran escribirse con todas las combinaciones posibles del alfabeto latino.

Lo que en un principio se calcula como una tarea que ha de tomar una década en completarse pronto se convierte en una estadía de eones en los que se reflexiona sobre los límites de la condición humana y la necesidad de éstos.

Uno de los primeros aspectos que resalta es el tormento de una memoria perfecta, pues todos los habitantes de esta biblioteca infernal son capaces de recordar toda su vida en la Tierra —el intertexto con “Funes el memorioso” es evidente— así como el saber todo el tiempo la hora o cuántos minutos han transcurrido.

Steven L. Peck aprovecha la novela para explorar dos vertientes: la primera es la del terror existencial y la segunda sobre el espíritu humano. En cuanto al terror, se trata de aquella variante que cuestiona constantemente la naturaleza del mundo tangible con preguntas acerca de su final o su comienzo y cómo medirlo para generar agobio y vacío: ¿dónde termina el espacio? ¿Cuándo comenzó a correr el tiempo?.

Los cuestionamientos espacio-temporales son ejemplificados dentro de la biblioteca al abordar la cantidad de combinaciones de grafías, el aproximado total de libros y las dimensiones de una biblioteca que aloja más ejemplares en su interior que los electrones que posee el universo así como los eones que han de necesitar antes de encontrar su libro: “¿Cómo puede una palabra tan pequeña como “eón” describir un periodo que es más cercano a la eternidad que a cualquier tiempo medible?” .

Con esto A Short Stay in Hell incide en el realismo especulativo. Donde Quentin Meillasoux escribe: “lo impensable para nosotros no es imposible en sí: es posible que lo Completamente-Otro exista y se mantenga más allá de nuestra relación con el mundo” Peck narra la crisis existencial de bordear el abismo “Hay una desesperación más profunda que la existencia; está en la médula de la consciencia”.

Es a través de la exposición de lo inabarcable en el tiempo y espacio, del cálculo prolongado y de la repetición ad nauseam que Peck revaloriza la finitud de lo humano. Los habitantes de este infierno añoran el saber el final de las cosas: ya sea una tarea o la vida en sí, el fin eventualmente sucederá y aunque temible, es aquello que nos conserva como personas, y la carencia de un fin es ahora el castigo.

Así la segunda línea patente en la novela es la exploración del espíritu humano: las reflexiones en torno a las prohibiciones terrenales y religiosas, el cuestionamiento al dogma, la pérdida de un amor que duele por milenios y la porfiada esperanza inherente a las personas.

A pesar de la angustia que permea A Short Stay in Hell, la novela tiene momentos luminosos en los que se hace hincapié en cómo soportar las dificultades. Agobiado y sobrepasado por el tiempo que ha de pasar allí, Soren persiste: buscar su libro, encontrar el fondo de la biblioteca o reencontrarse con aquellos a quienes ha amado y perdido durante su estadía milenaria. En su propias palabras: “¿Pero qué peor destino puede haber? ¿Recordar un amor y saber que es irrecuperable?” . 

Aunque pareciera que A Short Stay in Hell se ofrece como un texto desesperanzador se trata de todo lo contrario, ya que es una invitación a revalorar los límites del ser humano y cómo la vida es llevadera a partir de éstos, pues es el final y lo diferente lo que da valor y un sentido de completitud a la propia existencia. Así, lo gris y constante termina por apagar la esencia del momento: “Homogeneidad en todas partes, estirándose sin fin hacia una eternidad de monotonía”. Incluso el lenguaje se revela como insuficiente cuando la experiencia es poco menos que fútil: “Después de un billón de años ya no hay nada que decir”.

Finalmente la novela incita a aceptar la experiencia humana a pesar de lo displicente que resulte en momentos —pues todo es temporal—, pero sobre todo a conservar la expectativa en tanto es lo que nos sostiene: “Sin embargo, una extraña esperanza se mantiene. La esperanza de que, de alguna forma, algo, Dios, el demonio, Ahura Mazda, alguien, verá que estoy intentándolo. Que en verdad lo estoy intentando, y eso bastará” (ibíd.).

A Short Stay in Hell transmite el horror del infinito y el terror de la existencia incesante sin la posibilidad de explorar otros objetivos, pero no se detiene ahí: en realidad subyace la resistencia del espíritu humano y su tenacidad para soportar al tiempo, encontrar una forma de subsistir en el infierno y desde luego conservar la esperanza. 

Ricardo Adrián Gómez Cruz

ricardo.gomez5832@alumnos.udg.mx