Año 18, número 292.

Mejor aquí, en la pesca ribereña, en la cosecha del camarón. Aunque digan que somos miedosos y cobardes porque no vamos a pescar tiburones a medio mar. Como Jacinto cuando andaba con los otros allá, lejos, pescando tiburones con redes de enmalle y anzuelos. Dice que cuando la pesca era buena duraban varios días subiendo a los animales que desengancharse de las redes y de los cebos. A veces eran diez y en ocasiones hasta quince. Todo se vendía: la carne, las aletas, el aceite del hígado, la piel, el cartílago y hasta los dientes. Ganaban muy buen dinero aunque era como tentar al diablo.
En ese año fatídico les había ido bien y decidieron regresar; era temporada de ciclones y los agarró uno muy fuerte como a cuatro horas de distancia de tierra firme, en medio de la nada. Jacinto cuenta que cuando el cielo empezó a cubrirse de negro, el mar aullaba como llamando a la muerte y las olas cubrieron la lancha como una mortaja, sintió miedo, un miedo que le recorrió el espinazo lento, muy lento, como una hormiga sin prisa. El gran charco los golpeó con fuerza una y otra y otra vez durante toda la noche haciéndolos rebotar en la lancha de siete metros de eslora como canicas sacudidas en una caja. Recuerda que cerró los ojos y comenzó a rezar apretando los ojos hasta exprimirles lágrimas de angustia.
La tempestad se detuvo casi al amanecer. Los cuatro navegantes temblaban como hojas de otoño castañeteando los dientes en una cruel sinfonía discordante. Hacia las nueve de la mañana escucharon los primeros motores a la distancia y media hora después los vieron: tres lanchas que navegaban a toda velocidad hacia su encuentro. Fue como volver a nacer.
Con los tragos de aguardiente ofrecidos se les iba calentando poco a poco el estómago, el cuerpo, el alma. Atropellándose continuamente contaban cómo el fin del mundo parecía llegar y encontrarlos ahí postrados, inermes, perdidos, olvidados. En un momento del retorno, Jacinto gritó a todo pulmón: “¡Reniego de mi vida si vuelvo a pescar tiburones en mi bendita existencia!”. Y lo cumplió. No volvió a salir a alta mar. Desde entonces pesca camarones en las aguas ribereñas con tapo y con redes aunque le digan que es miedoso y cobarde.
Jorge Arturo Martínez Ibarra
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