Año 18, número 288

Isidro se levantó temprano. Aún estaba oscuro y las tinieblas le susurraban cosas al oído que prefería no escuchar. Había dormido mal. La borrachera de la noche anterior lo había dejado tundido, exhausto, haciéndolo volver el estómago varias veces. Se sentía del carajo. Ni hablar, ya las cosas estaban como estaban. Luisa había decidido dormir en la habitación de al lado por lo que no lo escuchó levantarse. Mejor. No recordaba mucho de anoche salvo los gritos de siempre, el sollozo final y el portazo, siempre el portazo, como un colofón ensayado de una más de las peleas entre el borracho y la sufrida. Empezó a reír por lo bajo, pujando para no carcajearse. Se sintió muy macho, muy cabrón, como en sus mejores tiempos.
Caminaba despacio, tanteando las paredes para no prender ninguna luz, acercándose de a poco a la puerta que daba al corral. Abrió y el frío lo recibió con una bofetada. Estaba lloviendo. Desanduvo sus pasos para ponerse el poncho, el plástico sobre el sombrero y calzarse las botas de hule. Salió y se dirigió hacia la mula que inquieta por la fuerza del agua y el ulular del viento pateaba con nerviosismo la pared trasera, desmoronándola poco a poco. Los terrones de adobe esparcidos en el piso evidenciaban su angustia. Le colocó la manta sobre el lomo, luego la silla y comenzó a apretar el cincho alrededor de la panza del animal, que seguía agitado.
Mal augurio. Lloviendo a cántaros y la bestia intranquila. Su cabeza le recordaba a cada instante que la cantidad de alcohol ingerida con antelación superaba la velocidad de su cuerpo para eliminarlo. La combinación de cerveza con raicilla siempre le había caído de la fregada pero era mal visto en el rancho no empezar con la primera y asegundar con el mezcal.
Trepó a la montura y salió del corral. El aguacero le recordó la chinga que era ordeñar cuando se despertaba crudo. La mula caminaba pausada, insegura, con sus pezuñas constantemente resbalando en el barro. Dicen que los equinos perciben fácilmente las emociones de quien los monta. Pasa igual al revés. El jinete podía sentir cómo los temblores del animal recorrían su propio cuerpo, inquietándolo aún más. Trató de enmendarlo a base de riatazos: uno, dos, cuatro. El animal protestó encabritado pero entendió el mensaje y empezó a avanzar a un ritmo más constante.
Las gruesas gotas de lluvia rebotaban sobre la cubierta plástica del sombrero y se esparcían en todas direcciones, regresando frecuentemente hacia su cara como puntiagudos alfileres. La resaca iba en aumento. Con las prisas y el malestar olvidó la bulinga con alcohol por lo que habría que esperar hasta llegar al potrero para curársela. Entrecerraba los ojos de vez en vez, ora para evitar los pinchazos en los ojos, ora para olvidar por instantes la jaqueca autoinfringida, ora porque la humedad que lo cubría comenzaba a calarle los huesos.
Por fin llegó. Lo recibió el alboroto del resto de los vaqueros burlándose abiertamente de su demacrado aspecto. Los mandó al carajo, mientras afanosamente buscaba un recipiente que aún contuviera alcohol. Tuvo suerte, aún quedaba el que había dejado ayer en la ranura de un tronco. Afanosamente, vertió el resto del líquido en un jarro, arrojándole enseguida un par de cucharadas de café soluble y una de azúcar refinada. Acercó un banco, se posicionó a un costado de una enorme vaca manchada y comenzó a ordeñarla, dirigiendo los primeros chorros de leche a su taza de barro. El líquido comenzó a espumar subiendo rápidamente. Antes de que se desbordara, se detuvo. Dejó de apretar las ubres de la vaca pinta y sosteniendo el jarro con la mano derecha, gritó: ¡salud, cabrones! al tiempo que empinaba el primer sorbo. Atragantándose, terminó con rapidez. Aún era temprano, había tiempo para embriagarse de nuevo antes de regresar.
Jorge Arturo Martínez Ibarra
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