Año 18, número 296.

Palabras hechas gema en la carne de los olmos
comandan navíos de luz extraviada
en la plena decadencia: las anclas.
Marineros con brazos de yunque
dejan caer sus manos en vitrolas y fonógrafos,
con sus bocas hechas de membrana
escupen tinta incesablemente
como un aullido que salta en la capa de ozono
para desembocar el vacío
hecho océano en el naufragio.
El capitán es el hombre de los látigos metafísicos
que doma jaguares blancos sobre los volcanes
y los guerreros que se apacientan ante su fe.
Él, como ninguno de nosotros
tomó la palabra por el cuello, injurió sus colmillos
y mediante la ira que solo un demiurgo impone ante su creación,
domesticó la garganta del signo
para que de él brotaran sueños prófugos de la lógica
en un mundo con flores incendiándose por la chispa
de un meteorito al caer.
Su grito hiere la piel:
memoria de los elefantes
que escuchan el mantra de la tierra.
Su trino es un ave de rapiña
comiéndose el rostro putrefacto del cielo.


Manejo las cualidades del Zen,
los beneficios en los huecos
que decoran el loto de una mariposa quemada
que dispone semillas
sobre la flor de los vientos
con su gigantismo de faro,
epifanía de novicio
que obtiene la iluminación
en el eco del suicida:
capitán kamikaze,
capitán petrificado en la vorágine que le devora:
se sacrifica por el honor
que atempera su corazón hecho heráldica,
mensaje de humo celeste
en el crujir de la escoba en el templo.
Ikkyū
Israel Gallegos Olguin.
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